Sábado de terror en el Cauca: bomba en vía nacional deja siete muertos y 20 heridos graves


Un artefacto explosivo detonó en plena vía Panamericana, en Cajibío, y convirtió un corredor clave del país en un escenario de muerte. El Gobierno señala a disidencias de las FARC y ofrece millonaria recompensa, mientras la oposición arremete por la política de seguridad.

Lo que era una jornada normal terminó en segundos convertido en una escena de guerra. A la altura del sector El Túnel, en Cajibío, Cauca, un artefacto explosivo estalló justo cuando varios vehículos transitaban por la vía Panamericana.

No hubo tiempo de reacción. La detonación alcanzó buses, carros particulares y camiones que quedaron atrapados en medio del impacto. El ruido sacudió la zona y dejó caos y gritos de los heridos.

El balance preliminar es brutal: al menos siete personas murieron y más de 20 resultaron heridas, varias en estado crítico.

Civiles en la línea de fuego

Las víctimas eran civiles. Personas que iban de paso. Gente que no tenía ninguna relación con el conflicto armado y que terminó en medio de un ataque indiscriminado.

Entre los afectados hay integrantes de comunidades indígenas que se movilizaban por el corredor. La explosión los alcanzó sin aviso, sin opción de escape.

La carretera quedó convertida en un campo de destrucción. Vehículos reducidos a chatarra, otros volcados por la fuerza del estallido, vidrios regados por el asfalto y cuerpos tendidos en el suelo. A un lado, los heridos intentaban resistir mientras llegaban los primeros auxilios.

El Cauca vuelve a sangrar

El gobernador del departamento, Octavio Guzmán, describió el golpe y lo llamó un ataque contra la población civil.

Habló de una tragedia que desgarra al Cauca y que enluta a familias enteras. El mensaje reflejó lo que se respira en el territorio: dolor acumulado y una violencia que no da tregua.

La vía Panamericana, clave para la movilidad y la economía del sur del país, vuelve a quedar marcada como un punto crítico. No solo por su importancia estratégica, sino porque se ha convertido en escenario recurrente de ataques.

Responsables señalados

Desde el Gobierno nacional, el presidente Gustavo Petro responsabilizó a alias Marlon, cabecilla de las disidencias de las extintas FARC bajo el mando de Iván Mordisco.

El mandatario fue más allá y calificó a ese grupo como “terroristas, fascistas y narcotraficantes”, asegurando que buscan incidir en el rumbo político del país.

En respuesta, el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, anunció una recompensa de 5.000 millones de pesos por información que permita ubicar al responsable, señalándolo como un delincuente peligroso y cabecilla de una estructura criminal debilitada.

La política entra en la escena

El atentado no solo dejó víctimas. También encendió el discurso político.

Desde la oposición, la candidata Paloma Valencia lanzó críticas directas al Gobierno, cuestionando la política de “paz total” y señalando que ha facilitado escenarios de violencia.

En la misma línea, Abelardo de la Espriella acusó al presidente de permitir que el país se descontrole, en un tono que elevó aún más la tensión.

El ataque terminó convirtiéndose en otro punto de choque entre dos visiones de país: una que insiste en negociar y otra que exige confrontación directa.

Una seguidilla que preocupa

El atentado en Cajibío llega después de otros episodios recientes en el suroccidente del país.

Un intento de ataque contra instalaciones militares en Cali, otro hecho en un batallón en Palmira y una explosión en Mercaderes hacen parte de una cadena de acciones que muestran una escalada violenta en la región.

El patrón se repite: explosivos, objetivos múltiples y población civil expuesta.

El país que vuelve a temer

Detrás de las cifras quedan las historias. Familias que esperaban a alguien que no regresó. Heridos que luchan por sobrevivir. Comunidades que vuelven a encerrarse temprano por miedo.

La palabra que más se repite no es técnica ni política. Es simple. Es humana. Es miedo.

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Y mientras avanzan las investigaciones, el país vuelve a enfrentarse a una escena conocida: la de una guerra que se niega a desaparecer y que sigue cobrando vidas en los mismos territorios.


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