
“Profe, me toca raspar coca”: el audio que desnuda cómo la violencia y el abandono obliga a un niño a trabajar para poder estudiar
En plena guerra entre grupos armados y con la pobreza como rutina, un menor le confesó a su profesor que irá a raspar hoja de coca para reunir plata y comprar sus cuadernos. La grabación sacudió a la región y encendió una campaña solidaria de útiles escolares.
En áreas alejadas, donde la violencia se escucha antes de verse, un audio se convirtió en retrato crudo de lo que significa ser niño en medio del conflicto. La voz de un estudiante, tranquila y sin dramatismos, revela una decisión que no debería estar sobre los hombros de nadie a esa edad: trabajar en cultivos de coca para poder seguir en el colegio.
La grabación corresponde a una conversación con su profesor. Allí, el menor explica con naturalidad que necesita conseguir dinero para adquirir materiales escolares, y que la opción que tiene a mano es la más común en una región asfixiada por la guerra y el abandono.
“Ah, bueno, profesor, bueno ya sé. Entonces, ahorita me pongo a hacer eso y como yo
sé raspar, entonces raspo poquito a poco por ahí para comprarme los cuatro
materiales”, dijo.
El docente, lejos de juzgarlo, responde desde una realidad igual de dura: en ese territorio no se discute la lista completa del año, sino lo mínimo indispensable para no quedarse atrás. Por eso, intenta ajustar la exigencia al sobrevivir diario del estudiante.
“Por lo menos sí que le compren lo de las áreas fundamentales que son sociales, matemáticas, naturales y español, esas cuatro, esos cuatro cuadernos sí sería bueno que le compraran nuevos”.
Pero lo que más conmueve del relato no es solo la falta de recursos, sino la voluntad del niño por no dejar de aprender.
El profesor, con orgullo, cuenta que es de los primeros en llegar al aula, incluso aunque sus padres no lo lleven, incluso cuando las condiciones lo empujan a rendirse.
“Él llega de cualquier manera. Es un excelente estudiante”, expreso el docente.
La escuela, en ese rincón golpeado por la confrontación armada, no es un espacio protegido. Es un salón frágil en medio del miedo. El profesor describe lo que implica intentar enseñar mientras el sonido de la guerra se cuela por las paredes.
“Al estar acá sentimos el sonido de los bombazos, de los disparos a lo lejos. Es de temor, zozobra, indignación”.
Esa frase resume la escena que miles de familias conocen de memoria: estudiar no es solo cargar un cuaderno, es cruzar un territorio donde la vida se parte entre el deber de sobrevivir y el deseo de salir adelante. Para muchos niños, la educación no es un derecho garantizado, es una batalla diaria contra el peligro y el abandono.

En medio de esa crudeza, el maestro confiesa que quienes más le enseñan son sus propios estudiantes. Dice que verlos llegar, insistir y resistir lo obliga a seguir, incluso cuando todo alrededor parece derrumbarse. Dice que en ellos ve un ejemplo.
“Si ellos, desde niños hacen cualquier cosa para venir a la escuela y tratar de superarse, ¿uno porque no?”, palabras que llegan a los más profundo, que tocan fibras.
Mientras los grupos armados se disputan rentas, rutas y poder, los menores quedan en el centro del golpe: obligados a cambiar la infancia por trabajo en el campo, y los recreos por jornadas que solo existen porque el Estado no llega donde la necesidad manda.

La respuesta: una campaña para que estudiar no cueste la vida
Tras conocerse esta historia, el Batallón de Ingenieros de Construcciones N.° 50 impulsó una campaña de recolección de útiles escolares, intentando que el peso no recaiga siempre sobre los mismos: los niños.

La iniciativa sumó a la comunidad, comerciantes y soldados, quienes reunieron cuadernos, colores, esferos, morrales y otros elementos esenciales para el regreso a clases. La intención, según se explicó, es simple y urgente: que ningún menor tenga que escoger entre estudiar o exponerse a economías ilegales para comprar un cuaderno.
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“Estas acciones demuestran que el compromiso de los soldados trasciende la misión operativa. Mientras construyen vías, también siembran oportunidades que transforman vidas. Para los Ingenieros Militares, servir a la Patria es más que desarrollar infraestructura: es fortalecer comunidades y crear las condiciones necesarias para que los niños puedan aprender, soñar y construir un mejor futuro”, aseguró el Ejército tras conocerse la denuncia.
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