
Madre entre lágrimas asegura que su hijo intentaba recomponer su pasado y lo mataron: “vivía para su hijo”
Un doble homicidio en el barrio El Ferry, sur de Barranquilla, enfrenta dos versiones irreconciliables: la Policía lo atribuye a una retaliación entre estructuras criminales, mientras la madre de una de las víctimas sostiene que su hijo ya había dejado ese mundo y murió buscando dinero para su bebé.
Lo interceptaron en la calle y lo acribillaron. Cuatro disparos lo tumbaron cuando, según su madre, cobraba una rifa para comprarle cosas a su hijo de un año. Así murió Darwin Enrique Castro Altamar, de 19 años, la noche del 28 de abril en el barrio El Ferry. A su lado quedó otro cuerpo: Juan José Sanabria Ternera, de 21. Dos muertos, una escena violenta y una historia que divide versiones.
“Mi hijo ya no estaba en eso”
María Altamar no discute el pasado de su hijo, pero sí lo que hoy se dice de él. Su voz se quiebra, pero su postura es firme.
“Uno no niega que él andaba en sus malos pasos antes, pero él se fue para el Ejército y vino compuesto”.
Asegura que Darwin había cambiado. Que trabajaba en construcción. Que estaba rebuscándose de forma legal. Que había asumido el rol de padre.
“Estaba haciendo una rifita porque tiene un hijo de un año, estaba reuniendo para sus cosas”, insiste.
Para ella, el momento en que lo mataron define quién era en ese instante: un joven tratando de responder por su hijo.
La versión oficial: traición que se paga con la vida
Las autoridades plantean un escenario distinto. Según las investigaciones, el crimen estaría ligado a una retaliación entre bandas.
El informe señala que tanto Darwin como su acompañante habrían pertenecido a ‘Los Papalópez’ y luego se habrían integrado a ‘Los Pepes’. Ese cambio de bando, en el mundo criminal, se considera traición y suele terminar en ejecuciones.
El historial también pesa: anotaciones por porte ilegal de armas y antecedentes que alimentan la hipótesis oficial.
Dos relatos que chocan en la misma escena
De un lado, la Policía: guerra entre estructuras delincuenciales, cuentas pendientes, un ajuste violento.
Del otro, una madre: un joven que dejó ese camino, que trabajaba, que buscaba dinero para su hijo y que terminó asesinado en la calle.
Entre esas dos versiones queda la misma escena: un cuerpo tendido, otro a pocos metros y una comunidad que vuelve a ver cómo la violencia decide en segundos.
“Este dolor es grande”
Mientras los responsables siguen sin aparecer, María Altamar solo pide que los encuentren.
“Yo lo único que quiero es que cojan a esos desgraciados y los hagan pagar por lo que me le hicieron a mi hijo”.
Su reclamo se instala en medio del caso. Entre lo que dicen los informes y lo que ella defiende: que a su hijo lo mataron cuando intentaba hacer las cosas distinto.
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