36 niños caminan una hora para estudiar en pueblo de Magdalena: su colegio no tiene piso, agua ni luz


Ocurre en la vereda Agua Bendita, zona rural de Aracataca, Magdalena. Los estudiantes atraviesan caminos difíciles para recibir clases en un espacio con piso de tierra, sin baños, electricidad, internet ni agua potable. Tampoco cuentan con alimentación del PAE. Su profesora hace el mismo recorrido para enseñarles. Una campaña busca reunir $110 millones para cambiar las condiciones en las que estudian.

A los 36 niños de Agua Bendita les tocó aprender demasiado pronto que estudiar también puede ser un sacrificio. Antes de llegar al aula de clases tienen que caminar cerca de una hora; después del recorrido los espera un salón con piso de tierra, sin agua potable, baños, electricidad, internet ni las condiciones mínimas que cualquier estudiante debería tener para recibir una clase dignamente.

Ocurre en una zona rural de Aracataca, Magdalena. Allí, mientras millones de estudiantes colombianos regresan diariamente a colegios con pupitres, computadores, ventiladores y restaurantes escolares, este grupo de niños se pone sus botas pantaneras y enfrenta un camino difícil simplemente para ejercer su derecho a estudiar.

La profesora Luz hace exactamente lo mismo. Camina durante una hora para encontrarse con ellos y enseñarles lo que puede, con lo que tiene.

Primero hay que sobrevivir al camino

Llegar a clases es la primera prueba del día. Los niños deben desplazarse por caminos rurales en los que las condiciones del terreno hacen difícil el recorrido y, en algunos puntos, existe incluso el riesgo de caer al río.

Las botas pantaneras terminaron convirtiéndose en parte de un uniforme impuesto por la necesidad. Con ellas atraviesan barro y zonas complicadas hasta llegar al pequeño espacio acondicionado como salón.

Allí están Toto, Ahslyn, Jesús, Nayelys, Norbey y sus demás compañeros. Son 36 menores que viven una realidad educativa completamente distinta a la que debería garantizarse a cualquier niño.

Y al final de la jornada tendrán que emprender nuevamente el camino.

Un salón al que le falta casi todo

Cuando llegan tampoco desaparecen las dificultades.

El lugar donde estudian tiene piso de tierra y una infraestructura precaria. Carece de servicio de energía eléctrica y agua potable, tampoco tiene baños adecuados ni conexión a internet. Los computadores y otras herramientas tecnológicas son un lujo distante.

A las deficiencias de infraestructura se suma otra situación preocupante: los estudiantes tampoco cuentan con alimentación del Programa de Alimentación Escolar, PAE.

La profesora Luz podría elaborar una larga lista de necesidades, pero encontró una manera sencilla de describir la situación.

“El saloncito necesita más cariño”, dice.

Detrás de esas palabras hay necesidades mucho más serias que una pintura nueva. Se trata de construir condiciones mínimas de seguridad, salubridad y dignidad para que 36 niños puedan estudiar.

“Buenos días, seño, aquí te traigo un plátano”

En medio de tantas carencias hay una escena que se repite y revela la relación que los estudiantes han construido con su maestra.

Algunos llegan a clases con pequeños regalos recogidos o conseguidos durante el camino.

“Buenos días, seño, aquí te traigo un plátano”, le dice uno.

Otro puede aparecer con un aguacate y entregárselo con la misma naturalidad.

“Seño, me encontré este aguacate en el camino y me acordé de ti”.

No tienen mucho para regalar. Le llevan lo que tienen cerca y encuentran la manera de agradecerle a la mujer que también madruga, se pone sus botas y camina durante una hora para poder enseñarles.

Para Luz, esos pequeños gestos se han convertido en parte de sus jornadas.

36 niños esperando una oportunidad

La precariedad golpea especialmente porque quienes la padecen son niños que siguen asistiendo a clases pese a las dificultades.

Toto, Ahslyn, Jesús, Nayelys, Norbey y sus compañeros quieren aprender. Llegan con sus cuadernos, escuchan a su profesora y continúan estudiando aunque alrededor falten prácticamente todos los elementos que deberían garantizarles una educación en condiciones dignas.

Ellos tampoco están pidiendo un colegio lleno de lujos.

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Necesitan agua para beber y asearse, baños, electricidad, infraestructura segura, alimentación escolar y herramientas que les permitan acceder a una educación acorde con estos tiempos.

Necesitan que estudiar en el campo deje de significar recibir menos.

Nacer lejos tampoco puede condenarlos

El caso de Agua Bendita vuelve a exponer las enormes brechas que todavía existen entre la educación urbana y rural.

Estos 36 niños nacieron en una zona apartada del Magdalena. Esa circunstancia geográfica jamás debería determinar la calidad de la educación que reciben ni convertirse en una condena que reduzca sus posibilidades de salir adelante.

Alguno podrá querer ser médico. Otro profesor, ingeniero, futbolista, enfermera o abogado. Quizá todavía ni siquiera sepan qué quieren ser. Tienen edad para descubrirlo.

Lo cruel es que mientras intentan hacerlo, todavía deben luchar por necesidades tan elementales como un baño, agua potable o electricidad en el lugar donde estudian.

Su pobreza tampoco puede convertirse en una excusa institucional.

Buscan $110 millones para transformar el lugar

La historia de los estudiantes de Agua Bendita comenzó a conocerse masivamente después de ser visibilizada en redes sociales por @quepasamariete, mostrando las condiciones en las que la profesora Luz y sus alumnos enfrentan diariamente las clases.

Ahora existe una campaña que busca reunir $110 millones para transformar el espacio educativo y brindar mejores condiciones a los 36 estudiantes.

La iniciativa recibe aportes mediante un código QR dispuesto por sus promotores, con la intención de convertir la solidaridad en infraestructura y oportunidades concretas.

Mientras esa ayuda llega, mañana probablemente volverá a ocurrir lo mismo en Agua Bendita.

Los niños se pondrán sus botas, caminarán durante cerca de una hora y llegarán al salón de piso de tierra. Luz también hará el recorrido para esperarlos.

Y quizás alguno aparezca nuevamente sosteniendo entre sus manos lo único que pudo llevarle.

“Seño, te traje un plátano”.

Detrás de esa frase sencilla queda una pregunta mucho más incómoda para las instituciones responsables de garantizar sus derechos: si estos niños están haciendo semejante esfuerzo para estudiar, ¿cuánto más tendrán que esperar para recibir la escuela digna que merecen?


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