La Sierra Nevada deja de ser solo paisaje: gobierno de Pinedo la declara Santuario Sagrado de Paz y reconoce su poder ancestral


En medio de los 500 años de Santa Marta, la administración de Carlos Pinedo oficializó la Sierra Nevada como Ka’sankwa, territorio espiritual y símbolo de paz, en un acto que une al Estado con los pueblos indígenas y reconfigura el valor del territorio.

La Sierra Nevada ya no es solo montaña. Es territorio sagrado reconocido. Es símbolo de paz decretado. Es una deuda histórica que el Distrito decidió empezar a saldar.

En una ceremonia ancestral, el gobierno de Carlos Pinedo la declaró Ka’sankwa, un nombre que encierra siglos de espiritualidad, resistencia y memoria indígena.

La declaratoria se realizó en el marco del Capítulo Étnico de los 500 años de Santa Marta, con la participación del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y las autoridades indígenas.

El escenario no fue cualquiera. A orillas del río Piedras, siete pueblos indígenas se reunieron en un pagamento para sellar el reconocimiento. Wiwa, Arhuaco, Kogui, Taganga, Ette Enaka Chimila, Kankuamo y Wayúu llegaron con sus autoridades tradicionales para validar lo que durante siglos ha sido incuestionable para ellos: la Sierra es el centro espiritual del mundo.

Ka’sankwa: lo que el Estado apenas empieza a entender

Para los pueblos indígenas, Ka’sankwa no es un nombre simbólico. Es el territorio grande. Es la red espiritual que conecta todo lo vivo: animales, plantas, agua y humanidad.

Es también el espacio donde se sostiene el equilibrio del mundo.

Mientras para muchos ha sido un atractivo turístico o un recurso natural, para los Mamos representa el corazón del orden universal. Un sistema que, durante años, ha sido ignorado por las decisiones institucionales.

El mensaje político detrás del reconocimiento

Durante el evento, la alcaldesa encargada, Ingrid Gómez Ceballos, destacó que esta declaratoria responde a un trabajo articulado desde la Alta Consejería para la Sierra Nevada y Zona Rural, enfocado en visibilizar a los pueblos indígenas.

La alta consejera Sarita Vives Gutiérrez fue más directa:

“Esto solo se logra cuando dos mundos se unen. Hay una voluntad política del alcalde Carlos Pinedo y un respaldo del Ministerio para que este capítulo étnico tenga sentido real”.

El mensaje es claro: hay un intento de cerrar la brecha histórica entre el Estado y las comunidades ancestrales.

Una relación marcada por la deuda

Para los líderes indígenas, este acto no es simbólico. Es un punto de avance de reconocimiento.
Moisés Villafañe, de la Comisión del Quinto Centenario, lo resumió sin rodeos:

“Aquí se demuestra que podemos construir una nueva historia. Una historia de respeto, no de desconocimiento”.

Durante siglos, la Sierra ha sido escenario de abandono, conflicto y presión sobre sus territorios. Este reconocimiento busca cambiar esa narrativa.

El peso espiritual de la declaratoria

Olga Montero Carrillo, del pueblo Kankuamo, dejó claro el alcance de la decisión:

“Para nosotros, declarar la Sierra como santuario de paz representa la continuidad de prácticas ancestrales que mantienen el equilibrio no solo aquí, sino en todo el mundo”.

No es un discurso. Es una advertencia: proteger la Sierra no es solo proteger un territorio, es sostener una forma de entender la vida.

La declaratoria de Ka’sankwa convierte a la Sierra Nevada en algo más que un símbolo. La posiciona como un eje espiritual reconocido por el Estado.

Llega después de siglos de resistencia indígena. Después de décadas de presión sobre el territorio. Después de una historia marcada por el olvido.

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Ahora, el reto será sostener lo que se firmó en palabras.


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