
En busca de una segunda oportunidad: reclusos salieron a limpiar una iglesia y encontraron algo más que horas de redención
Un grupo de internos de la cárcel Rodrigo de Bastidas trabajó en la iglesia Juan de Dios como parte de su proceso de resocialización. Entre escobas, brochas y silencios, completan tiempo para reducir sus condenas y reconstruir su lugar en la sociedad.
Salieron con permiso, pero con reglas. Con uniforme, pero sin rejas. Este miércoles, varios reclusos de la cárcel Rodrigo de Bastidas cruzaron la ciudad para llegar a la capilla San Juan de Dios, en Santa Marta.
No iban escoltados por sirenas ni titulares de captura. Iban con escobas, pintura y la posibilidad de cambiar el rumbo de sus días.
Eran hombres privados de la libertad por distintos delitos. Cargaban condenas. Historias pesadas.
Decisiones que los empujaron al encierro. Pero ese día, bajo el sol y frente a la mirada de la comunidad, se dedicaron a limpiar, organizar y embellecer el templo y sus alrededores.
Manos que antes fallaron, ahora reconstruyen
El sonido no era de puertas metálicas cerrándose, sino de cepillos arrastrándose sobre el piso. De brochas cubriendo paredes. De pasos firmes en un espacio abierto.
Cada acción tenía un propósito: sumar horas sociales, avanzar en su proceso de resocialización, acercarse a permisos más amplios y, con el tiempo, a la libertad anticipada.
Pero había algo más. Algo que no se mide en días ni en expedientes judiciales.
Algunos feligreses se quedaron mirando. Otros se acercaron. Y varios terminaron aplaudiendo.
El gesto fue breve, pero suficiente. En ese aplauso no había olvido del pasado, pero sí una señal de que el esfuerzo presente estaba siendo visto.

Entre la culpa y la esperanza
Ellos saben por qué están ahí. No lo niegan. Tampoco lo gritan. Lo cargan.
Cumplen condenas. Pagan por lo que hicieron. Pero también buscan una salida distinta a la que los llevó a ese punto.
El sistema les abre pequeñas puertas: permisos controlados, visitas a sus familias, salidas bajo supervisión. Cada buen comportamiento suma. Cada jornada como esta cuenta.
Reducir tiempo. Acercarse a casa. Recuperar algo de lo perdido.
No es inmediato. No es fácil. Pero es posible.
La iglesia como escenario de redención
La iglesia Juan de Dios no solo recibió una jornada de limpieza. Se convirtió en un punto de encuentro entre dos realidades que pocas veces se cruzan sin prejuicio: la de quienes cumplen condena y la de una comunidad que observa, juzga, pero también puede reconocer el cambio.
Allí, entre paredes pintadas y espacios recuperados, se tejió una escena distinta. Una donde el error no fue borrado, pero tampoco fue el único relato.
Volver a empezar, aunque cueste
Ellos regresarán a la cárcel al final de la jornada. Volverán a las celdas, a los horarios estrictos, al conteo diario. Pero algo quedó afuera.
Horas acumuladas. Puntos ganados. Miradas distintas. Un aplauso que, por un momento, rompió la etiqueta de “recluso” y los mostró como hombres intentando recomponerse.
Buscan salir. Volver a sus familias. Tener otra oportunidad.
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Y en medio de ese camino, entre barro, pintura y esfuerzo, empiezan a construir algo que no se decreta: confianza.
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