
Alcalde confirma que masacrados en Pueblo Viejo eran pescadores y un menor que iba al colegio: “querían enviar un mensaje de terror”
La mayoría de los asesinados en Palmira eran pescadores y hombres conocidos por la comunidad como trabajadores. El crimen dejó dos familias destruidas y profundizó el miedo en los pueblos palafitos, donde desde hace meses grupos armados vienen imponiendo reglas sobre la pesca, la movilidad y la vida cotidiana.
El Día de las Madres terminó convertido en una fecha de luto permanente para el corregimiento de Palmira, en Pueblo Viejo. Lo que debía ser una noche de música, comida y reunión familiar acabó con cinco personas asesinadas a tiros dentro de una vivienda y una comunidad entera atrapada entre el miedo y el silencio.
Con el paso de las horas, el horror dejó de centrarse únicamente en la brutalidad del ataque. Ahora la pregunta que recorre las calles, las orillas de la ciénaga y las casas palafíticas es otra: ¿por qué mataron a estas personas?
Las víctimas pertenecían a dos familias reconocidas en la zona. La mayoría eran pescadores. Gente acostumbrada a levantarse antes del amanecer para salir a buscar sustento en el complejo lagunar. Entre ellos también había un menor de edad que estudiaba bachillerato y un joven que recientemente había terminado de prestar servicio militar.
El alcalde de Puebloviejo, Brando de Jesús Márquez Márquez, confirmó a Entérate en Línea que en el territorio las referencias sobre las víctimas apuntan a que eran personas de bien, alejadas de estructuras criminales y conocidas por su trabajo diario en la pesca.
La masacre, ejecutada por seis hombres armados señalados de pertenecer a las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, dejó una sensación aún más inquietante: la de un crimen diseñado para sembrar terror colectivo.
“Aquí están matando jóvenes del territorio”
El alcalde habló con preocupación sobre lo que está ocurriendo en el municipio. Reconoció que hoy Pueblo Viejo vive una percepción de inseguridad y zozobra que se profundizó después de la masacre.
Pero también dejó clara una posición frente a las víctimas.
“Aquí no hay que justificar de ninguna manera los homicidios. Independientemente de si era o no de algún grupo delincuencial, están matando jóvenes en nuestro territorio”, expresó.
El mandatario explicó que el municipio tiene apenas 36 policías entre personal administrativo y vigilancia para atender una población que supera los 34 mil habitantes. En la práctica, gran parte de la zona norte queda bajo vigilancia de solo dos cuadrantes policiales.

Un cuadrante cubre Palmira y Tasajera. El otro, Isla del Rosario y Nueva Frontera. Dos patrullas para una región marcada por amenazas armadas, narcotráfico, rutas ilegales y conflictos territoriales.
“Es insuficiente para la cantidad de moradores que vivimos ahí”, admitió el alcalde.
Tras el crimen, la gobernación Margarita Guerra anunció la instalación provisional de un batallón móvil en la zona, mientras las autoridades intentan contener el miedo que quedó sembrado entre las comunidades pesqueras.
Los pescadores estaban en medio de la guerra
Detrás de la masacre existe un contexto que los habitantes y hasta la Defensoría del Pueblo venía denunciando desde hace semanas.
Pescadores de Pueblo Viejo aseguran que grupos armados ilegales comenzaron a restringir la pesca en determinadas zonas del complejo lagunar. Algunos denunciaron que les quitaron motores, lanchas y herramientas de trabajo. Otros hablan de retenciones dentro de la ciénaga y amenazas para impedir la movilidad en ciertos sectores.
Aunque las autoridades todavía no establecen si el crimen está directamente relacionado con esas intimidaciones, el temor entre los pescadores es evidente.
La sensación que quedó en Palmira es que cualquiera puede convertirse en objetivo.
“Querían dejar un recuerdo imposible de borrar”
Para el defensor de derechos humanos Lerber Dimas, la fecha del ataque tiene un peso simbólico que agrava todavía más el mensaje de violencia.
Según explicó, las masacres ejecutadas en días altamente recordados buscan generar un impacto psicológico permanente sobre la población.
“El Día de las Madres siempre será una fecha recordada. Entonces enviar un mensaje de terror en una fecha como esta marca comunitariamente a la población y genera un miedo colectivo”, señaló.
Dimas sostiene que el crimen encaja dentro de una disputa territorial que desde hace tiempo viene creciendo en los pueblos palafitos y en el complejo lagunar entre diferentes estructuras armadas interesadas en controlar corredores estratégicos.
El defensor recordó antecedentes recientes que advertían el deterioro de la seguridad: pescadores asesinados, un hombre decapitado, personas retenidas en la ciénaga, restricciones de movilidad y el uso de habitantes conocedores del territorio para actividades ilegales.
“Sí había muchos antecedentes que mostraban que iba a ocurrir un hecho violento de gran magnitud”, afirmó.
Dos familias destruidas en una sola noche
La masacre dejó enlutadas a dos familias del corregimiento.
De un lado murieron un padre y dos de sus hijos. Del otro, dos hermanos. En medio de las víctimas quedó un adolescente que todavía asistía al colegio y cuya rectora confirmó que seguía estudiando bachillerato.
La tragedia golpeó especialmente a la comunidad pesquera porque muchas de las víctimas eran hombres acostumbrados a vivir del agua y del trabajo diario en la ciénaga.
Por eso, más allá de las capturas realizadas por las autoridades, el miedo sigue creciendo.
En Palmira muchos sienten que la masacre fue una demostración de poder. Una forma brutal de recordar quién controla el territorio.
Y ese mensaje quedó grabado en la peor fecha posible.
Ahora, cada vez que llegue el Día de las Madres, en Pueblo Viejo habrá familias que en lugar de celebrar volverán a escuchar en su memoria el ruido de las motos, los disparos y los gritos de una noche que convirtió una reunión familiar en una escena de guerra.
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