Hombre torturado y abandonado con cartel en trocha era habitante de calle: lo habrían ejecutado por ‘limpieza social’


El cuerpo abandonado en la vereda Ojo de Agua ya tiene nombre. Vivía en condición de calle. Lo señalaron, lo sometieron y lo mataron. Las autoridades investigan si se trata de un caso de “limpieza social”.

Ya no es un desconocido. Lo encontraron tirado como si no importara. Amarrado, golpeado, atravesado por el miedo que otros le impusieron antes de matarlo. Durante más de 24 horas fue solo un cuerpo más en una trocha olvidada de la Ruta del Sol. Hoy tiene nombre: José Ángel Vergara Pulgarín.

Llegó a Medicina Legal sin historia. Salió con una: la de un hombre que vivía en la calle, que caminaba sin rumbo fijo y que terminó marcado como objetivo. Su familia viajó desde Guacamayal, Zona Bananera, para reconocerlo. Lo que encontraron no fue solo su rostro. Fue la prueba de una muerte violenta, calculada y exhibida.

La escena: violencia y mensaje

El cuerpo hablaba por sí solo. Dos disparos. Uno en la cabeza. Señales de sometimiento previo. Tortura. Dominio. Control.

A su lado, un cartón. Un mensaje corto, brutal:

Por rata. Fuera de aquí ratones.

No era solo un asesinato. Era un aviso. Una forma de imponer miedo, en medio de una trocha donde nadie pregunta y pocos se atreven a mirar de frente.

Las primeras hipótesis apuntan a que la víctima habría cometido un robo en una zona donde eso tiene castigo. No judicial. No legal. Un castigo impuesto por manos que deciden quién vive y quién muere.

El rumor de la “limpieza”

El caso abrió una línea de investigación que incomoda: la posible presencia de prácticas de “limpieza social” en zonas de Santa Marta.

No es una conclusión oficial. Pero el contexto pesa. El mensaje dejado. La forma de ejecución. El perfil de la víctima. Todo encaja en una lógica que ya se ha repetido en otros territorios: eliminar al que incomoda, al que roba, al que sobrevive como puede.

José Ángel no tenía poder. No tenía protección. Tampoco tenía quién respondiera por él en el momento en que lo marcaron. Y eso, en estos escenarios, suele ser suficiente.

Ahora hay un nombre. Hay una familia tratando de reunir dinero para llevarlo de vuelta a casa. Hay un expediente abierto.

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Lo que falta es lo más difícil: saber quién lo torturó, quién decidió que debía morir y por qué esa decisión terminó ejecutándose sin resistencia.


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