
A los 17 años dejó los estudios, terminó con alias Naín y murió en un operativo; su madre lo buscó hasta el final pero no pudo salvarlo
Nueve hombres fueron abatidos en un operativo militar en Uribia, La Guajira. Entre ellos, un menor de 17 años que había dejado la universidad para ingresar a las Autodefensas Conquistadores de la Sierra. Su historia quedó marcada por la carta desesperada de una madre que intentó salvarlo y no pudo.
Tenía 17 años y todo por delante. Terminó muerto en medio de un operativo militar, señalado de integrar el anillo de seguridad de alias Naín, uno de los jefes de las Autodefensas Conquistadores de la Sierra en La Guajira.
No murió construyendo su futuro. Cayó en una zona rural de Uribia, bajo fuego cruzado, convertido en parte de una estructura armada ilegal.
De los sueños a las armas Alan Salón Romero Fragoso había terminado el colegio meses atrás. En su casa lo veían como un joven con oportunidades, con el camino abierto para estudiar y salir adelante. Contaba con su familia. Desafortunadamente, ese rumbo se rompió en cuestión de meses.
Según el relato de su madre, todo empezó con un cambio de entorno. Nuevas amistades, una relación sentimental y decisiones que lo alejaron de su hogar. La universidad dejó de ser opción y la calle empezó a ocupar su lugar.
Luego apareció la invitación que terminó de empujarlo: un hombre en motocicleta llegó a buscarlo. Se fue con él y nunca regresó.
Desde ese momento, su nombre dejó de estar ligado a sueños y empezó a aparecer vinculado a un grupo armado.
El operativo donde murió
El Ejército desarrolló un operativo en la vereda Kamuishisain, en zona rural de Uribia. Allí, según las autoridades, murieron nueve presuntos integrantes del grupo ilegal que rodeaba a alias Naín.
Entre ellos estaba el menor. Su cuerpo terminó en registros forenses, identificado como uno más dentro del resultado militar. Para las autoridades, era parte de una estructura criminal. Para su familia, seguía siendo el hijo que no lograron recuperar a tiempo.
Una madre que no pudo salvarlo
Detrás del uniforme y el fusil había un adolescente al que su madre persiguió, buscó y suplicó.
Intentó frenarlo. Lo llamó, lo enfrentó, le habló con firmeza y con lágrimas. Incluso acudió al Bienestar Familiar cuando aún era menor de edad, tratando de sacarlo de ese entorno.
Nada funcionó.
Las decisiones ya estaban tomadas y las influencias pesaron más que los consejos.
La carta que le dedicó
Después de su muerte, quedó una carta con el desahogo de una madre rota.
“Que Dios te acoja en su santo reino mi negro hermoso… tenías todo mi amor, no te faltaba nada”.
En sus palabras no hay reclamo, hay impotencia y un dolor que no encuentra salida.
“El hogar que te abrí sigue igual, pero el nuestro ya no existe… no seré la misma sin ti”.
La mujer habla de un hijo que intentó rescatar una y otra vez. De un joven que cambió su rumbo hasta desaparecer en un mundo del que no volvió.
Una historia que se repite
Su caso es el reflejo de una cadena silenciosa: jóvenes que en meses pasan de estudiar a portar armas, de vivir en familia a integrar estructuras ilegales.
Historias que empiezan con decisiones pequeñas y terminan en operativos militares.
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En los reportes oficiales quedan como bajas. En sus casas, quedan como ausencias que no se reemplazan.
Y en este caso, quedó también una carta que resume todo: amor, advertencias ignoradas y un final que nadie logró evitar.
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