Joven soldado que se iba a casar en tres días terminó en la lista de los muertos del avión Hércules


El militar de 25 años, fue confirmado como una de las víctimas del accidente del avión Hércules C-130 en Putumayo; su familia pasó de la incertidumbre a la devastación mientras esperaba su regreso para una boda que nunca ocurrió.

La espera terminó de la peor manera. Durante horas, la familia de Alejandro José Ramírez Mejía se sostuvo en la duda, aferrada a la posibilidad de que su nombre no apareciera entre los fallecidos. Este martes, esa esperanza se rompió: el joven soldado profesional fue confirmado como una de las víctimas de la tragedia aérea que deja ya 69 militares muertos y decenas de heridos en el país.

Tenía 25 años. Tenía planes. Tenía una boda en tres días. Pero terminó convertido en una cifra más de un siniestro que hoy enluta a Colombia.

La última llamada antes del silencio

La última vez que Ivanna Molina escuchó su voz fue a las 9:20 de la mañana del lunes. Desde ese momento, todo se convirtió en incertidumbre.

Alejandro le habló con normalidad, como si nada fuera a cambiar. Le dijo que debía viajar, que tenía que recoger su ropa civil en Puerto Asís, que luego seguiría su ruta. Fue una conversación cotidiana que terminó sin saber que sería la última.

Ivanna intentó comunicarse una y otra vez. Llamadas sin respuesta. Mensajes que nunca llegaron. El celular apagado. La angustia creciendo con cada minuto. Una videollamada que no se concretó y una frase que quedó suspendida en el aire: “negra, ya te llamo”. Nunca volvió a llamar.

Lo único que quedó fue una fotografía: el avión en pista, esperando el abordaje. Una imagen que, en ese momento, no parecía más que parte de la rutina. Hoy es la última evidencia de un viaje que terminó en tragedia.

De la esperanza a la confirmación

Durante toda la mañana del martes, la familia vivió en un limbo doloroso. No aparecía en listas. No estaba entre los heridos. Tampoco entre los confirmados como fallecidos. Esa ausencia de información alimentó una esperanza frágil que se sostenía a duras penas.
En el batallón les pidieron esperar.

Esperar fue lo único que pudieron hacer mientras la tragedia tomaba forma y el país empezaba a dimensionar la magnitud del accidente. El avión Hércules C-130, con 128 ocupantes entre militares del Ejército y la Policía, se había estrellado en zona rural de Puerto Leguízamo, dejando una escena de destrucción y muerte.

Horas después, la noticia llegó. Alejandro era la víctima número 69.

Una vida que apenas comenzaba

Nacido en Valledupar pero criado en Fonseca, La Guajira, Alejandro había construido su vida entre el deber y los sueños personales. Ingresó al Ejército Nacional hace apenas dos años y ya llevaba uno prestando servicio en el Batallón de Artillería N.º 27 en Puerto Asís.

Era joven, disciplinado y tenía claro lo que quería fuera del uniforme.

Su plan inmediato no estaba en el campo de operaciones, sino en el altar.

Había solicitado un permiso para viajar el lunes 23 de marzo y reencontrarse con su familia. Ese viaje tenía un propósito concreto: casarse el jueves 26 con Ivanna, su pareja y madre de sus dos hijos, de 5 y 2 años.

Todo estaba listo. La fecha estaba marcada. La familia esperaba. Pero el viaje nunca terminó.

La boda que se convirtió en duelo

Ivanna lo resume con una frase que duele más que cualquier cifra: “nosotros apenas nos íbamos a casar”.

No hubo ceremonia. No hubo celebración. No hubo reencuentro.

Lo que llegó fue una confirmación de muerte.

En Riohacha, donde vivía con su familia, el vacío es absoluto. Dos niños crecen ahora sin su padre. Una mujer enfrenta el derrumbe de un proyecto de vida que estaba a días de concretarse. Una madre, en Fonseca, recibe la noticia que ningún padre está preparado para escuchar.

La tragedia aérea dejó decenas de historias. Pero la de Alejandro expone con crudeza lo que hay detrás de los números: vidas interrumpidas en el momento en que todo parecía empezar a acomodarse.

Mientras las autoridades aún no entregan un listado oficial completo de víctimas, heridos y desaparecidos, decenas de familias siguen atrapadas en la misma angustia que vivió la de Alejandro: esperar una llamada que puede destruirlo todo.

El accidente no solo dejó muertos. Dejó hogares incompletos, promesas truncadas y futuros que simplemente desaparecieron.

En Fonseca, hoy no se habla de cifras. Se habla de un joven que iba a casarse, de un padre que no regresó y de una llamada que nunca volvió a sonar.

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Y esa es la parte más dura de esta tragedia: entender que detrás de cada número hay una historia que ya no tendrá continuación.


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