El toro le atravesó el cuello… y sobrevivió de milagro: “no sé qué estaba pensando cuando expuse mi vida así”


Un joven resultó gravemente herido durante una corraleja en Clemencia, Bolívar, luego de que un toro le incrustara uno de sus cachos en el cuello y el mentón. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Hoy, tras salir del hospital, asegura que no volverá a exponerse y cuestiona este tipo de prácticas.

El toro embistió con furia. No hubo tiempo de correr, ni de arrepentirse. El cacho entró directo, como lo hacen las tragedias cuando deciden aparecer. Le atravesó el cuello, rozó la vida misma y dejó al joven tendido frente a una multitud que disfrutaba lo que pasaba.

En una corraleja, una herida así no suele tener segunda oportunidad.

Pero esta vez, contra toda lógica, la muerte no cerró el trato.

Faber Herazo, quien intentaba ponerle banderillas al animal en plena arena, fue alcanzado en el rostro en medio del espectáculo. La embestida lo sorprendió de frente. El impacto fue brutal. El público se levantó de las graderías, algunos gritaron, otros corrieron. El miedo se volvió colectivo.

En el suelo, Herazo sangraba. A su alrededor, la escena era la de siempre en estos casos: improvisación, desespero y manos intentando ayudar mientras el peligro seguía suelto. Lograron sacarlo de la arena y llevarlo de urgencia a un centro asistencial. Nadie se atrevía a asegurar nada.

Porque cuando un toro clava su cacho en el cuello, lo normal es no contarlo. Pero lo contó.

Los médicos confirmaron que, pese a lo aparatoso de la cornada, la herida no comprometió órganos vitales. El cacho pasó peligrosamente cerca de lo irreversible, pero no lo tocó. Fue cuestión de centímetros. De segundos. De algo que muchos, incluido él, no dudan en llamar milagro.

Dios me dio otra oportunidad”, dijo después, aún con la marca fresca de lo que pudo haber sido su final.

Y es que al verse la herida, al entender la dimensión del riesgo que asumió, la reflexión llegó sin adornos, sin orgullo, sin espectáculo.

No sé en qué estaba pensando”, reconoció.

La frase pesa más que cualquier diagnóstico.

Porque en las corralejas no hay barreras reales entre la vida y la muerte. Solo arena, madera, alcohol, adrenalina… y animales que no están jugando.

Lo ocurrido en Clemencia, Bolívar, no es un hecho aislado. Es la repetición de una escena que se repite cada temporada, en distintos pueblos del Caribe colombiano, con distintos nombres, pero con el mismo desenlace latente: alguien que entra a probar su valentía frente a un toro y termina pagando con su cuerpo.

A veces con la vida. Esta vez no fue así.

Herazo sobrevivió. Salió del hospital. Puede hablar, recordar, arrepentirse. Puede decir que no volverá. Que no vale la pena. Que las corralejas son malas.

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Porque en cada tarde de corraleja hay un momento en el que todo puede romperse.

Y casi siempre, alguien cree que a él no le va a pasar. Hasta que pasa.


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