“Entraban a las casas y nos usaban como escudos”: el infierno que vivieron los arhuacos bajo el fuego de la guerra


La líder indígena Rosa Margarita Villafañe relató con crudeza los días de terror que vivieron las comunidades arhuacas del resguardo Serankua en la Sierra Nevada. Hombres armados irrumpieron en las viviendas para refugiarse del combate, utilizaron a los indígenas como escudos humanos, lanzaron explosivos desde drones y golpearon a comuneros que se negaban a dar información. El saldo es devastador: muertos, heridos, desaparecidos, casas perforadas por balas y una comunidad atrapada en el miedo.

La guerra entró a las casas de los arhuacos. No pasó cerca. Se metió dentro de los hogares.

Durante los últimos días, el resguardo Serankwua, en la parte alta de la Sierra Nevada de Santa Marta, se convirtió en un escenario de combate donde hombres armados irrumpieron en las viviendas indígenas buscando protegerse del fuego enemigo.

Pero no llegaban solos. Llegaban armados, corriendo, disparando… y se refugiaban dentro de las casas de las familias arhuacas, utilizando a los propios indígenas como escudos para evitar ser alcanzados por las balas.

La escena se repetía una y otra vez.

Niños llorando. Madres paralizadas sin entender lo que estaba pasando.

Adultos suplicando que se marcharan.

Ha sido algo terrible”, relató la líder indígena Rosa Margarita Villafañe, quien describió con crudeza lo ocurrido durante una semana de violencia que dejó devastadas a varias comunidades.

Casas convertidas en trincheras

Los hombres armados no pedían permiso. Entraban.

Abrían las puertas o simplemente irrumpían en las viviendas mientras afuera se escuchaban ráfagas de fusil.

Dentro de las casas, se escondían detrás de las familias.

Se movían por todas partes destrozando todo a su paso mientras observaban por las ventanas para responder al fuego enemigo.

Los indígenas quedaban en medio. Las balas seguían pasando.

Muchas de ellas atravesaban las paredes de madera y zinc, perforando las viviendas mientras las familias trataban de tirarse al piso para proteger a los niños.

En ese momento el terror se apoderaba de todos.

“Los niños lloraban del miedo. Las madres no entendían qué estaba pasando”, contó Villafañe.

Los adultos solo repetían lo mismo. Que se fueran. Que salieran de sus casas. Que los dejaran en paz. Pero nadie escuchaba.

Interrogatorios y golpes

Cuando los combatientes no estaban refugiándose, comenzaban los interrogatorios.

Los indígenas eran detenidos en medio del resguardo y obligados a responder preguntas sobre el grupo rival.

Querían saber dónde estaban. Quién los había visto. Por dónde se movían.

Cuando no obtenían respuestas, venían las agresiones.

Varios comuneros fueron golpeados con las armas, castigados simplemente por no tener información que entregar.

Explosiones desde el cielo

El miedo no solo venía de los fusiles.

También llegó desde el aire.

Según denunció la líder indígena, explosivos fueron lanzados desde drones sobre la zona, algo que jamás habían visto en sus territorios.

Las explosiones retumbaban en la montaña. Las familias corrían a esconderse.

Pero las casas tampoco eran refugio seguro.

Las paredes quedaron agujereadas por los disparos, los techos marcados por el impacto de los proyectiles.

El resguardo quedó lleno de cicatrices de guerra.

Muertos, heridos y desaparecidos

La violencia dejó un saldo doloroso para la comunidad.

Más de diez indígenas resultaron heridos, entre ellos cuatro niños.

Doce comuneros tuvieron que ser evacuados para recibir atención médica, algunos en estado de shock tras varios días atrapados en medio del combate.

La tragedia también dejó tres hermanos mayores muertos, líderes espirituales de distintas edades dentro del pueblo arhuaco.

Y el miedo provocó otra consecuencia. Varias mujeres huyeron del resguardo en medio del pánico y hasta ahora no se sabe dónde están.

Un resguardo marcado por la guerra

En Serankua quedaron las huellas del horror. Casas perforadas por balas. Viviendas destruidas. Familias desplazadas dentro de su propio territorio.

Para los arhuacos, lo ocurrido en los últimos días es algo que jamás habían vivido.

La guerra, que parecía lejana, terminó metiéndose dentro de sus propias casas.

Hoy la comunidad vive con el temor de que los combates regresen. De que los hombres armados vuelvan a entrar. De que otra vez los niños tengan que llorar mientras las balas atraviesan las paredes.

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Por eso las autoridades indígenas hicieron un llamado urgente al Gobierno Nacional y al Ejército para reforzar la presencia militar en la Sierra Nevada.


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