
Madre desconsolada tuvo que buscar el cuerpo de su hija asesinada y llevárselo en una motocicleta; la autoridad nunca llegó
La mamá trasladó el cuerpo de su hija por más de 70 kilómetros desde una vía rural de Pelaya hasta El Banco, Magdalena.
Apenas escuchó el rumor, no pidió confirmaciones. No llamó a nadie. No esperó a que alguien le explicara. Tomó una motocicleta y salió. Su hija había salido de casa y no había vuelto. Decían que una mujer estaba tirada, asesinada, a un lado de una vía rural en Pelaya. La madre fue a mirar con sus propios ojos si esa mujer era Roxana.
Llegó y la encontró. Horas después del crimen, el cuerpo seguía allí. Sin nombre oficial, sin carpas, sin cintas, sin autoridad. Tirada como si no importara. La madre no tuvo dudas: su hija había muerto mal, pero no iba a seguir abandonada.
Llorando, con el alma desgarrada y la rabia clavada en el pecho, la subió a la moto. No para ocultar nada. No para huir. Para hacer lo único que nadie más estaba haciendo: llevarla a casa y despedirla como lo que era, su hija.
Un hallazgo que nadie atendía
El crimen ocurrió en el sector Los Pinos, zona rural del municipio de Pelaya. A la orilla de la carretera aparecieron dos cuerpos: el de una mujer y el de un hombre. No había documentos. No había información clara. Solo señales de violencia y un silencio incómodo que se extendió por horas.
La mujer permaneció sin identificar mientras corrían versiones. Que trabajaba en fincas. Que había sido sacada la noche anterior por hombres que se presentaron como miembros de la fuerza pública. Que no volvió a ser vista con vida. Con el paso del tiempo se confirmó su identidad: Roxana Álvarez Rojano, 26 años, madre de dos niños, residente en el barrio Las Palmas, en El Banco, Magdalena. Trabajaba en una finca cercana a Las Vegas, entre Pailitas y Curumaní. Dejó su casa para trabajar. Volvió convertida en un cuerpo sin vida.
El tiempo pasó y nadie llegó
Los familiares llegaron al lugar del crimen. Esperaron. Preguntaron. El cuerpo seguía allí. La respuesta fue breve y repetida: no había condiciones de seguridad para el levantamiento.
Las horas avanzaron y la escena no cambió. Roxana seguía en el suelo. La madre entendió que nadie iba a llegar pronto. Y decidió que no iba a dejar a su hija más tiempo tirada en la carretera. La acomodó como pudo. La montó en la motocicleta y emprendió el camino. Fueron cerca de 70 kilómetros por vías rurales y poblaciones como La Floresta, El Burro, Palestina y Tamalameque. No hubo escoltas. No hubo ambulancias. Solo una madre y el cuerpo de su hija atravesando pueblos, miradas y silencio.
El trayecto quedó registrado en video. La imagen es brutal: una madre transportando el cadáver de su hija por carretera, esquivando huecos, sosteniéndola para que no cayera. No hay protocolos que cubran esa escena. No hay manual para ese dolor.
Al llegar a El Banco, la familia acudió a una estación de Policía. Allí les indicaron que debían llevar el cuerpo directamente a Medicina Legal. Solo entonces Roxana fue recibida oficialmente por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.
Una muerte que incomoda
Roxana Álvarez Rojano deja dos hijos y una familia marcada por la violencia y la ausencia estatal. Su asesinato, ocurrido lejos de su casa y en circunstancias aún sin esclarecer, se convirtió en algo más que un caso judicial: en una denuncia viva de lo que pasa cuando la autoridad no llega y el dolor obliga a actuar.
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La familia exige respuestas. Quiénes se la llevaron. Quiénes la mataron. Por qué nadie llegó a tiempo. Y por qué una madre tuvo que hacer, sola, el trabajo que le correspondía al Estado.
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