
Viajeros cruzan a pie y en lanchas tras colapso de vía en Mendihuaca; gobernación pide puente militar
El puente que conecta a Magdalena con La Guajira quedó inutilizado por la creciente del río. La economía regional está paralizada.
El Caribe quedó partido en dos. El puente de Mendihuaca colapsó por la creciente del río y dejó sin conexión directa a Magdalena con La Guajira. La Troncal del Caribe en ese punto permanece cerrada, el transporte de alimentos y pasajeros se detuvo y, en medio del desespero, la gente ha seguido cruzando por una estructura agrietada que puede venirse abajo en cualquier momento.
Las advertencias oficiales no han sido suficientes. Decenas de personas decidieron arriesgarse sobre la plataforma dañada para llegar al otro lado. Algunos pasaron caminando; otros en motocicletas y hasta en vehículos particulares, desafiando el peligro de una tragedia mayor.
“Si no cruzo hoy, no como mañana”, dice José Manuel Ortega, vendedor de frutas que necesita llevar su mercancía a Riohacha. Su frase resume la presión que se vive a ambos extremos del puente.
La situación obligó a reforzar la presencia de fuerza pública para restringir el paso total antes de que ocurra una tragedia.

Una economía frenada en seco
El cierre del corredor más importante del norte del país desató un efecto dominó. Camiones con carnes, verduras, materiales de construcción y combustibles quedaron represados. Las terminales improvisadas se multiplicaron: buses dejan pasajeros en un lado y otros los recogen al otro extremo; lanchas cobran por atravesar el río y los mototaxistas convirtieron el caos en oportunidad.
“El daño no es solo vial, es social y económico. Esta es la arteria por donde se mueve todo: salud, comercio, turismo, educación”, advierte Baudillo Valencia, presidente de Asocomunal.
“Nos preocupa que las soluciones se demoren y la gente siga exponiendo la vida”.
Un conductor de tractomula lo explica con números: el viaje Santa Marta–Riohacha pasó de dos a casi ocho horas por el desvío habilitado: Y de Ciénaga – Puente Ariguaní – Bosconia – La Paz – Villanueva – Riohacha. Cada hora extra significa pérdidas en tiempo y combustible.
El llamado por un puente militar
La gobernadora de Magdalena, Margarita Guerra, llegó al sitio horas después del colapso y elevó un pedido urgente a la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo: instalar un puente militar que restablezca el paso provisional mientras Invías asume la reconstrucción definitiva.
“Lo primero es proteger la vida. Estamos gestionando que ese puente se movilice cuanto antes para comunicar a los dos departamentos”, dijo la mandataria desde el kilómetro 37+700. También reconoció que, aunque la competencia principal es del Distrito, la Gobernación acompañará toda la emergencia.
El problema es inmediato: miles de personas dependen de ese cruce para ir a trabajar, atender citas médicas o transportar productos básicos. La alternativa fluvial, con lanchas artesanales, no ofrece garantías.

El desastre que dejaron las lluvias
La caída de Mendihuaca es solo una cara más de una emergencia mayor. El frente frío castigó a Santa Marta con más de 36 horas de lluvia continua y obligó a la Alcaldía a declarar Calamidad Pública.
El balance es crítico: tres personas muertas en Gaira —madre, hijo y un vecino—, 15 barrios con afectaciones graves, siete viviendas colapsadas y el desbordamiento del río Manzanares. En Minca, igualmente se reportan 17 casas dañadas; en Taganga, más de 20 lanchas destruidas; en Bonda, derrumbes que dejaron veredas incomunicadas.
“Hay familias que quedaron con lo puesto”, reconoce Yorlenny Suárez, subsecretaria de Desarrollo Rural, mientras equipos de socorro remueven escombros.
Entre el 2 y el 3 de febrero cayeron 130,7 milímetros de lluvia, un registro extremo para la ciudad. El alcalde Carlos Pinedo Cuello activó el Puesto de Mando Unificado y ordenó priorizar ayudas humanitarias.
“Estamos en el terreno con la gente. Ya comenzamos a entregar las primeras ayudas priorizando a quienes más lo necesitan”, indicó el mandatario, a quien personalmente se la ha visto caminando las zonas afectadas.
Un riesgo que se repite cada hora
A pesar del cierre oficial y la vigilancia reforzada, el flujo de personas no se detiene. Policías y voluntarios intentan frenar a quienes insisten en cruzar, pero el hambre y la necesidad pesan más que el miedo.

“Esto es una bomba de tiempo”, admite un rescatista. Los líderes comunitarios coinciden: la conexión entre Magdalena y La Guajira no es un lujo, es una necesidad diaria.
Mientras llega el puente militar, Mendihuaca sigue siendo un paso prohibido que la gente atraviesa por obligación.
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