Unimagdalena sigue su lucha contra la deserción: inauguró su segunda residencia para estudiantes vulnerables que no tienen dónde vivir


La universidad entregó una nueva residencia estudiantil para jóvenes en condición vulnerable. Tendrán alojamiento, alimentación y seguridad, en medio de una crisis económica que estaba empujando a muchos a abandonar sus estudios.

Para muchos estudiantes en Santa Marta, el problema no era pasar un examen. Era tener dónde dormir.

Esa es la realidad que hoy intenta enfrentar la Universidad del Magdalena con la apertura de su segunda residencia estudiantil, un espacio que no nace del lujo, sino de la necesidad urgente de evitar que jóvenes abandonen sus carreras por falta de recursos.

La nueva sede, ubicada en el barrio Los Laureles, recibirá a cerca de 40 estudiantes que no tienen cómo sostenerse en la ciudad. No es un beneficio menor. Es, en muchos casos, la diferencia entre seguir o desertar.

Estudiar con hambre y sin techo

La decisión de abrir esta residencia no es casual. Es la respuesta a una crisis silenciosa que golpea a cientos de estudiantes: el alto costo de vida, el arriendo imposible y la falta de apoyo familiar suficiente.

El rector Pablo Vera Salazar dijo que la iniciativa se genera a raíz de que hay jóvenes que dependen del esfuerzo diario de sus familias para poder seguir estudiando y a muchas no les alcanza.

“Estos estudiantes son hijos de padres que salen a rebuscarse el sustento todos los días. Este tipo de acciones impacta directamente sus vidas”, explicó.

El caso de una estudiante de medicina lo resume todo: su padre es pescador y recorre ciénagas durante la semana para enviarle lo poco que puede. Con eso, ella intenta sostenerse en la ciudad.

Una residencia para no quedarse en la calle

El nuevo espacio no es improvisado. Son cuatro pisos, 15 habitaciones, siete apartamentos y capacidad para 38 jóvenes. Cuenta con camas, baños, internet, alimentación, mobiliario completo y condiciones básicas de dignidad.

Pero el valor no está solo en la infraestructura. Está en lo que representa.

Es la segunda residencia que pone en marcha la universidad. La primera, destinada a estudiantes indígenas provenientes de la Sierra Nevada, ya había demostrado resultados positivos: jóvenes que lograron mantenerse en el sistema educativo y avanzar hacia un título profesional.

Ahora, el modelo se amplía.

Prioridad: los que no tienen nada

El criterio de selección es muy cuidadoso. Aquí no entran los que pueden pagar. Entran los que no tienen otra opción.

Estudiantes de zonas rurales como Minca o Guachaca, jóvenes del programa Talento Magdalena, y casos de extrema vulnerabilidad —incluso de otros departamentos— serán los beneficiarios.

Muchos de ellos son los primeros en sus familias en llegar a la universidad.

Y también los más propensos a abandonarla.

Seguridad: otro problema que golpea

El problema no termina en el alojamiento. Afuera, la situación también presiona.

El rector confirmó que estudiantes han sido víctimas de robos en la zona, lo que obligó a reforzar medidas de seguridad con cámaras, vigilancia privada y coordinación con la Policía.

“No solo necesitamos darles un lugar donde vivir, necesitamos que ese entorno sea seguro”, advirtió.

Una estrategia que busca evitar la deserción

La residencia no es un proyecto aislado. Hace parte de una estrategia más amplia que busca garantizar que los estudiantes no abandonen sus estudios por razones económicas.

La universidad ya proyecta abrir entre cuatro y cinco nuevos espacios con distintos fines sociales, académicos y culturales.

Pero el mensaje de fondo es claro: el acceso a la educación no puede depender de tener dinero para pagar un arriendo.

Entre quedarse o rendirse

Mientras en los salones se habla de futuro, muchos estudiantes estaban librando otra batalla: sobrevivir.

Hoy, con una llave simbólica en la mano, algunos de ellos tienen una oportunidad real de continuar.

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Porque en Santa Marta, para muchos jóvenes, estudiar nunca fue lo más difícil. Lo más difícil era no tener donde dormir.


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