Soldado volvió de la tragedia… y su madre en Pueblo Viejo no dejaba de llorar al tenerlo otra vez en sus brazos: “esto es un milagro”


Duván Varela, uno de los sobrevivientes del accidente del avión Hércules que dejó varios magdalenenses muertos, fue recibido entre lágrimas, oraciones y abrazos en Puebloviejo. Su madre lo estrechó como quien vuelve a la vida.

El vehículo apenas se detuvo y el tiempo pareció romperse. De un lado, él. Uniformado, con el cuerpo intacto pero cargando el peso invisible de lo que dejó atrás. Del otro, su madre, que no caminó: corrió. Como si cada paso fuera una súplica, como si el miedo acumulado durante días necesitara una salida urgente.

Cuando lo vio, ya no hubo mundo alrededor. Lo abrazó con una fuerza desesperada, como si temiera que volviera a desaparecer. Sus manos lo recorrieron, su rostro se quebró, y entonces llegaron las lágrimas. No eran lágrimas suaves. Eran profundas, largas, contenidas. Eran el llanto de quien ya había imaginado lo peor.

Gracias, Dios mío… gracias… gracias”, repetía una y otra vez, mientras acariciaba a su hijo como si aún no creyera que estaba ahí. Duván Varela había vuelto.

El sobreviviente del Hércules

Hace apenas días, su nombre pudo haber estado en otra lista.

El avión Hércules en el que se movilizaba se estrelló en Putumayo, en un accidente que sacudió al país y dejó 69 uniformados muertos. La tragedia viajó rápido: nombres, rumores, llamadas que nadie quería recibir.

En Puebloviejo, el silencio se instaló como una amenaza. Pero Duván Varela no estaba entre los fallecidos. Sobrevivió.

Y en su casa, esa palabra empezó a tomar forma de milagro.

“Es un milagro de Dios”

Su madre lo dice sin titubeos, sin buscar otra explicación.

“Es un milagro de Dios”, repite.

Y lo dice con la voz rota, con las manos aún temblando, con los ojos que no se secan. Durante días dobló rodillas, oró sin descanso, negoció con el cielo el destino de su hijo.

Hoy, frente a él, la fe se le volvió carne.

Gracias”, vuelve a decir. Como si cada palabra fuera una forma de asegurarse de que esto es real.

A su alrededor, vecinos, familiares y conocidos observan la escena conmovidos. Algunos aplauden. Otros lloran en silencio. Todos entienden que no están viendo un simple regreso: están presenciando una segunda oportunidad.

Un pueblo que también respira

Puebloviejo no recibió solo a un soldado. Recibió una historia que le gana a la tragedia.

En medio del dolor por las vidas perdidas en el accidente, la llegada de Duván Varela se convirtió en un respiro colectivo. En una noticia que rompe la cadena de luto y deja entrar la esperanza.

Lo recibieron como a un héroe. No por una batalla librada con armas, sino por haberle ganado a la muerte cuando todo parecía en su contra.

Las miradas lo siguen. Las manos lo tocan. Las voces lo nombran con orgullo.

Pero en medio de todo, él parece buscar lo único que realmente importa: el abrazo de su madre, ese que lo trajo de vuelta del abismo.

Volver a casa

Hay regresos que no se explican, se sienten. El de Duván Varela es uno de ellos.

No hay discurso que alcance para describir lo que significa volver después de haber estado tan cerca del final. No hay palabras suficientes para narrar lo que ocurre cuando una madre recupera a su hijo.

Por eso ella no intenta explicarlo. Solo lo abraza. Lo aprieta. Lo mira. Y vuelve a llorar.

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Como quien despierta de una pesadilla… y descubre, por fin, que esta vez la vida ganó.


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