
Santa Marta, sepultada por la basura: cambio en Atesa no sirvió para nada
La ciudad paga puntual el servicio de aseo, pero vive entre montañas de desperdicios. El carro recolector no pasa durante días, las esquinas se volvieron botaderos a cielo abierto y el riesgo sanitario crece mientras la gente exige respuestas reales.
Santa Marta creyó que el cambio de gerente en la empresa de aseo Atesa iba a traer orden, disciplina y camiones recorriendo las calles a tiempo. No ocurrió. Lo que se ve hoy es lo mismo de siempre: bolsas rotas, malos olores, ratas corriendo entre los andenes y vecinos desesperados mirando cómo la basura se les mete a las casas.
Desde el fin de semana en que llegaron las lluvias, muchos barrios no han vuelto a ver un carro recolector. En sectores de todos los estratos los desechos se amontonan por días, casi una semana completa, mientras la ciudad turística que se vende como paraíso termina pareciéndose a un enorme basurero.
La Avenida Libertador, una de las caras de Santa Marta, amaneció otra vez convertida en un muladar. Un contenedor desbordado fue volteado y los residuos quedaron regados por toda la vía. Motociclistas tuvieron que esquivar bolsas, los peatones caminaron entre desperdicios y el hedor se volvió insoportable.

No es un caso aislado. El mismo panorama se repite en barrios residenciales, parques, separadores viales y zonas comerciales. Contenedores rebosados, perros callejeros rompiendo bolsas, restos de comida pudriéndose bajo el sol y moscas cubriendo lo que antes eran esquinas transitables.
La gente está indignada. Pagan el recibo a tiempo, pero el servicio no llega.
“Esto es insostenible. Pagamos por algo que no recibimos y vivimos entre plagas”, dice una moradora de la Ciudadela 29 de Julio que ya no soporta abrir la ventana de su casa.
El problema dejó de ser estético y se volvió sanitario. La acumulación de desechos está disparando la presencia de roedores y bacterias. Los drenajes empiezan a taparse y, con las lluvias, el miedo es que la basura termine convertida en inundaciones y enfermedades.
El cambio de director se presentó como la salida al caos. La realidad lo desmintió rápido. Santa Marta sigue igual o peor: sin rutas claras, sin frecuencia de recolección y sin una autoridad que ponga orden.
Mientras la ciudad se promociona como destino internacional, sus visitantes caminan entre cerros de desperdicios. La imagen turística se derrumba y la paciencia de los samarios también.
Hoy Santa Marta no enfrenta solo una crisis de aseo. Enfrenta una crisis de gestión, de salud pública y de respeto por la gente. Las calles están dando un mensaje claro: el cambio prometido fue puro papel y la basura, en cambio, es completamente real.
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