
Santa Marta despierta del paro armado: tres días de cierre pese al despliegue de policías y militares
La ciudad tuvo refuerzos de Policía y Ejército, patrullajes permanentes y autoridades recorriendo comercios para pedir su reapertura. Sin embargo, durante tres días buena parte de los samarios prefirió permanecer en casa ante las amenazas atribuidas a las ACSN. Comerciantes explican por qué la presencia institucional no fue suficiente para vencer el miedo.
Había policías en las calles, soldados custodiando puntos estratégicos y autoridades recorriendo personalmente los establecimientos para pedirles a los comerciantes que abrieran. Pero en el teléfono de un pequeño empresario de Santa Marta apareció una amenaza mucho más efectiva.
“Es cierto que uno por estos días vio mucha presencia de policías y militares. Pero preferí abstenerme de abrir porque recibí una llamada donde me pidieron que colaborara dejando cerrado el negocio para evitar problemas con el grupo”, aseguró el propietario de un almacén de variedades, quien pidió reservar su identidad por seguridad.
Su negocio permaneció cerrado. Como él, miles de comerciantes, transportadores y trabajadores decidieron quedarse en sus casas durante buena parte de los tres días en los que Santa Marta estuvo sometida a las consecuencias del paro armado atribuido a las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN).
La intimidación surgió como retaliación por la muerte de José Luis Villanueva, alias ‘Cholo’, señalado por las autoridades como uno de los principales jefes militares de esa organización.
Lo ocurrido después dejó una fotografía preocupante sobre el poder del miedo en Santa Marta: mientras las instituciones desplegaban hombres y recursos para recuperar la normalidad, una parte considerable de la ciudad continuaba obedeciendo la orden ilegal de cerrar.
Una ciudad vacía pese al despliegue
La respuesta institucional fue visible. Santa Marta recibió refuerzos de Policía y Ejército, aumentaron los patrullajes y se desplegaron operativos en diferentes sectores. El alcalde Carlos Pinedo recorrió barrios y establecimientos comerciales invitando a los ciudadanos a retomar sus actividades, mientras desde la Gobernación también se realizaron recorridos acompañados por la Fuerza Pública.
La crisis llevó incluso al presidente de la República a trasladarse a Santa Marta y acompañar las acciones desplegadas para recuperar la confianza ciudadana.
Pero las imágenes de varios sectores mostraban otra realidad.
Persianas abajo, establecimientos vacíos, poco transporte público y calles con una circulación considerablemente inferior a la habitual acompañaron las jornadas de tensión.
“No era porque uno no quisiera trabajar. Uno necesita producir todos los días. El problema es que nadie sabe quién está mirando o qué puede pasar después. La Policía puede estar hoy afuera, pero uno tiene que seguir aquí mañana”, relató otro comerciante consultado durante la emergencia.
Esa frase resume uno de los mayores desafíos que dejó el paro.

Las autoridades podían proteger una calle durante algunas horas. Los comerciantes, en cambio, debían calcular qué podía ocurrir cuando terminara el operativo.
El miedo llegó por teléfono
El analista Edwin Vásquez considera que la capacidad demostrada durante el paro está relacionada con la presencia que las ACSN han construido durante años en sectores comerciales, turísticos y rurales de Santa Marta.
“Este grupo con el tiempo ganó mucho terreno y logró implementar una ruta de dominio y control comercial y turístico. Hay actividades y establecimientos que pagan lo que ellos llaman un impuesto de seguridad, que realmente es una extorsión”, explicó.
Según Vásquez, esa relación permite entender por qué el despliegue de uniformados no consiguió inmediatamente que todos los establecimientos reabrieran.
“Ellos tienen contacto con comerciantes. Entonces, mientras la Policía podía estar afuera de un local para evitar que llegaran hombres en moto, mediante una llamada podían advertirle al propietario que debía permanecer cerrado”, aseguró.
El temor tampoco dependía exclusivamente de recibir una amenaza directa.
En diferentes sectores bastaba observar que los establecimientos vecinos permanecían cerrados para que otros comerciantes tomaran la misma decisión. Pocos estaban dispuestos a convertirse en los primeros en desafiar públicamente una orden atribuida a una organización armada.
Así, el miedo terminó multiplicándose.
Casi $120.000 millones en juego
La parálisis también produjo un enorme impacto económico.
La Cámara de Comercio de Santa Marta estimó en 39.590 millones de pesos diarios la afectación económica asociada a las restricciones que impidieron el desarrollo normal de las actividades productivas, comerciales y de transporte.
Si esa estimación diaria se proyecta sobre las tres jornadas de mayor afectación, el impacto potencial se acerca a los 118.770 millones de pesos.
Pero para una ciudad que depende fuertemente del turismo existe otra preocupación que todavía resulta difícil cuantificar: el daño reputacional.
El presidente ejecutivo de Cotelco Magdalena, Omar García, rompió en llanto durante una entrevista con Noticias Caracol cuando explicaba las consecuencias que estaba dejando la crisis para los hoteles.

“Santa Marta necesita urgente la ayuda del Estado y de todos los actores involucrados. Si no se actúa de forma inmediata para revertir esta situación, las consecuencias para el sector y todo el que depende del turismo serán devastadoras”, manifestó.
García advirtió que comenzaron a presentarse cancelaciones y aplazamientos de reservas, precisamente cuando Santa Marta se prepara para la temporada de receso escolar de octubre.
Para hoteleros, operadores turísticos, restaurantes, vendedores, transportadores y trabajadores informales, recuperar la normalidad implica ahora algo más que volver a abrir: convencer al visitante de que puede regresar.
La ciudad abrió, pero quedó una advertencia
Después de tres días, Santa Marta comenzó a recuperar progresivamente su movimiento. Regresaron los buses, levantaron las persianas y las calles volvieron a llenarse.
Las autoridades destacaron que el despliegue de la Fuerza Pública permitió recuperar las condiciones de seguridad y acompañar a comerciantes y ciudadanos durante el retorno a sus actividades.
Sin embargo, el paro dejó una realidad difícil de ignorar.
Las ACSN venían de recibir uno de sus golpes más importantes con la muerte de alias ‘Cholo’, pero aun así demostraron capacidad para generar temor suficiente como para afectar durante tres días el funcionamiento de una capital departamental.
“Santa Marta volvió a la normalidad, pero quedó claro que la tarea de las autoridades va más allá de golpear a sus cabecillas”, señaló Vásquez.
Para el comerciante que recibió aquella llamada, la explicación resulta mucho más sencilla.
Dice que vio policías, soldados y autoridades intentando devolverle tranquilidad a la ciudad. Reconoce el esfuerzo y asegura que quiere trabajar normalmente.
Pero cuando tuvo que decidir entre levantar la persiana o protegerse, escogió lo segundo.
“Uno tiene familia. ¿Quién se arriesga?”, preguntó.
Esa pregunta, después de tres días de calles semivacías, terminó siendo quizá la consecuencia más inquietante que dejó el paro armado en Santa Marta.
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