“No me maten”: delincuente que acababa de robar a mujer con cuchillo clamaba piedad a turba que quería lincharlo


El antisocial fue retenido y golpeado por la comunidad en la avenida Libertador, cerca de la clínica Tayrona, luego de que robara a una mujer con un cuchillo. Entre súplicas, llanto y miedo, el hombre pidió que no lo mataran. La llegada de la Policía evitó un desenlace fatal en medio del creciente cansancio ciudadano frente a los robos en Santa Marta.

El grito no pedía perdón. Pedía que lo dejaran vivir. “¡No me maten… no me maten!”, repetía una y otra vez, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo encogido por el miedo. Era un clamor desesperado que se abría paso entre la rabia, los golpes y la multitud.

La escena ocurrió la tarde de este martes sobre la avenida Libertador, a pocos metros de la clínica Tayrona, uno de los corredores más transitados de Santa Marta. Allí, en plena vía, un hombre señalado de haber cometido un robo con cuchillo quedó rodeado por ciudadanos que, cansados de los raponazos y la inseguridad, decidieron no esperar más.

Minutos antes, según testigos, el sujeto había intimidado a una mujer con un arma blanca para despojarla de sus pertenencias. El robo fue rápido, pero la huida no. Los gritos alertaron a quienes estaban cerca y, como una marea que se levanta de golpe, varias personas lo alcanzaron, lo tumbaron y lo retuvieron.

La furia se descargó sin filtros. Patadas, puños, insultos. Cada golpe parecía cargar no solo la rabia del momento, sino el peso acumulado de otros robos, otras víctimas, otras historias repetidas en los mismos semáforos y las mismas esquinas.

Pero en medio de esa violencia, algo quebró el ritmo: el llanto.

El hombre, acorralado, dejó de resistirse. Solo suplicaba. “¡No me maten!”, decía una y otra vez, como si esas palabras fueran su última defensa. Su rostro estaba tenso, empapado en sudor y lágrimas. No hablaba de inocencia. Hablaba de miedo.

La Policía apareció entre la multitud. Para el hombre en el suelo, la escena fue distinta: al ver a los uniformados, su expresión cambió. Parecía, para muchos, como si hubiera visto un ángel descender en medio del caos. La golpiza se detuvo. El linchamiento no pasó a mayores.

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El presunto ladrón fue puesto a disposición de las autoridades, mientras la comunidad, aún agitada, se dispersaba con una mezcla de alivio y frustración. Alivio porque nadie murió. Frustración porque, como muchos repiten en voz alta, “mañana puede estar libre otra vez”.


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