Niño quedó gravemente quemado en su casa y su madre vive entre el dolor, la culpa y el desespero; clama ayuda


Con el llanto contenido y la voz rota, una madre no se despega de la UCI donde su hijo de 5 años lucha contra el dolor de graves quemaduras sufridas en un accidente doméstico. La angustia por su recuperación se mezcla con el miedo, la culpa y la incertidumbre de no tener cómo garantizarle condiciones mínimas cuando salga del hospital.

En una cama de cuidados intensivos de la Clínica Mar Caribe, en Santa Marta, Ángel David Valencia, un niño de apenas cinco años, se retuerce de dolor. Las quemaduras de tercer grado que cubren su hombro, pecho, espalda y cuello lo mantienen bajo estricta vigilancia médica. Cada quejido atraviesa a su madre, Laura Salcedo, que permanece a su lado sin descanso, desesperada, llorando en silencio para no quebrarse frente a él.

La escena es cruda. Ver la piel de su hijo destrozada la golpea una y otra vez. A eso se suma una preocupación que no la deja dormir: no tiene cómo comprar las cremas especiales, los insumos ni garantizar un espacio adecuado para su recuperación cuando los médicos decidan darle salida.

“No sé qué voy a hacer”, repite, mientras se seca las lágrimas.

Un accidente que lo cambió todo

El hecho ocurrió en el barrio Luis R Calvo, en medio de un apagón. Sin energía eléctrica, Laura pidió a un vecino que le calentara agua para preparar café. Al regresar con la olla hirviendo hacia su casa, Ángel David corrió detrás de ella sin que se diera cuenta. En cuestión de segundos, la olla se volcó y el agua caliente cayó sobre el cuerpo del niño.
El dolor fue inmediato. El auxilio llegó rápido, pero no fue suficiente. Inicialmente fue llevado a la Clínica La Castellana, donde solo le realizaron vendajes. Con el paso de las horas, las heridas se complicaron, aparecieron infecciones y su estado de salud se agravó. La remisión a la Clínica Mar Caribe fue inevitable. Hoy, permanece en UCI.

La pobreza también duele

La familia vive en condiciones precarias. Su casa no tiene cocina ni baño, el techo es de zinc y no existe un espacio ventilado y limpio para recibir a un niño con heridas abiertas y riesgo de infección. Laura ni siquiera cuenta con un abanico, un elemento básico para ayudar a mantener las heridas secas y evitar complicaciones.

Esa realidad la atormenta. Se siente culpable por el accidente y teme que, al no poder garantizar las condiciones mínimas, el ICBF pueda intervenir y perder la custodia de su hijo.

“Todo se me vino encima”, dice entre lágrimas.

Diciembre, que para muchos es sinónimo de fiesta, para ella es una pesadilla. Mientras Ángel David pelea por sanar, su madre solo piensa en una cosa: que su hijo se recupere. No pide lujos ni regalos, solo ayuda urgente para conseguir cremas especiales, pañitos húmedos y condiciones básicas que permitan un proceso de recuperación digno y seguro.

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Hoy, en lugar de juegos y risas, un niño de cinco años enfrenta el dolor más duro de su corta vida. Y una madre, rota por dentro, libra su propia batalla: no rendirse, no perder la fe y lograr que su hijo vuelva a casa sin que la pobreza termine convirtiéndose en otra herida imposible de cerrar.


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