
Ni el embarazo ni su casa la salvaron: sicario la atacó a tiros en su terraza y dejó al descubierto la crueldad sin límites en La Guajira
La joven psicóloga y con cuatro meses de embarazo, fue baleada por un hombre que llegó en moto hasta la puerta de su vivienda en Uribia y disparó sin mediar palabra. El ataque, grabado en cámaras de seguridad, evidencia que en La Guajira la violencia ya no tiene ningún tipo de consideración, ni siquiera por mujeres en estado de gestación.
En La Guajira ya no hay límites. No hay códigos. No hay respeto por la vida. A una mujer embarazada la fueron a buscar hasta la terraza de su casa para dispararle sin contemplación. Ni su estado, ni su condición, ni el hecho de estar rodeada de su familia sirvieron para frenar la violencia.
Katerine Torrez Barros estaba sentada en la puerta de su vivienda, conversando con sus allegados en un momento cotidiano, confiada en que ese espacio era seguro. Pero todo cambió en cuestión de segundos. Un hombre llegó en motocicleta, se detuvo frente a la casa y divisó a su víctima.
El atacante, vestido con un buzo blanco, desenfundó el arma y abrió fuego a corta distancia. Varias detonaciones seguidas. Precisas. Frías. Dirigidas a una mujer que, según se ha conocido, tiene cuatro meses de embarazo. En ese instante quedó claro que en este territorio ya ni siquiera la maternidad representa un límite para quienes disparan.
Las imágenes, captadas por cámaras de seguridad, son contundentes. Muestran el momento en que Katerine intenta levantarse, intenta huir, trata de escapar de la ráfaga de violencia que le cae encima. No lo logra. Se desploma tras recibir los impactos. Cae en la misma terraza donde segundos antes estaba conversando. Todo ocurre frente a su familia.
El ambiente se rompe de inmediato. Gritos. Carrera desesperada. Manos que intentan auxiliarla mientras la sangre y el pánico se mezclan en una escena que nadie estaba preparado para vivir. La violencia no solo llegó, sino que se instaló sin pedir permiso en la intimidad de un hogar.
El agresor, tras ejecutar el ataque, huyó del lugar y desapareció entre las calles de Uribia. Lo hizo con la misma facilidad con la que llegó. Sin obstáculos. Sin resistencia. Como si supiera que podía hacerlo. Como si tuviera la certeza de que nada lo detendría.
La mujer fue auxiliada de urgencia y trasladada a un centro asistencial en Uribia. Su estado inicial era crítico. Por la gravedad de las heridas, fue remitida a una clínica en Maicao, donde permanece bajo estricta vigilancia médica. Horas después, se conoció que su condición es estable, aunque el riesgo no desaparece.
El ataque ha generado indignación, pero también una sensación de desprotección profunda. Porque no se trata solo de un hecho violento más. Es la confirmación de que en La Guajira la violencia cruzó todas las líneas: ya no respeta el hogar, ya no respeta la familia y ya ni siquiera respeta la vida de una mujer embarazada.
Las autoridades adelantan operativos, revisan videos y buscan al responsable. Intentan reconstruir lo ocurrido y establecer los móviles. Pero mientras eso pasa, la imagen ya quedó instalada: un sicario llegando hasta la puerta de una casa para dispararle a una mujer en gestación, frente a los suyos, sin el más mínimo rastro de duda o compasión.
Lo que ocurrió en Uribia no es solo un ataque. Es una señal clara de hasta dónde ha llegado la violencia. Una violencia que ya no distingue, que no se detiene y que está dejando claro que en algunas zonas del país, la vida —cualquiera que sea— dejó de valer.
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