Mototaxista puso su moto al servicio de los damnificados de Córdoba y no cobró un peso


En medio de las inundaciones que arrasaron barrios enteros en Córdoba, un mototaxista anónimo decidió hacer lo único que tenía a la mano: ofrecer transporte gratuito para que la gente salvara lo poco que le quedaba. Sin cámaras, sin colectas ni fama, su gesto terminó convirtiéndose en un símbolo de la tragedia y de la dignidad de los que ayudan sin esperar nada.

No era un influencer. No tenía seguidores, ni patrocinios. Era solo un mototaxista, otro más de los que se rebuscan el día en las esquinas polvorientas de Córdoba. Pero cuando el agua se tragó las calles y la gente empezó a llorar frente a sus casas perdidas, él no se quedó mirando.

Agarró su motocicleta, buscó un pedazo de cartón, escribió con marcador negro: “Servicio de moto gratis” y se metió al desastre.

Mientras muchos corrían tratando de rescatar colchones, neveras oxidadas, jaulas con gallinas y bolsitas con documentos mojados, aquel hombre empezó a ir y venir como una hormiga obstinada. Montaba a mujeres con niños en brazos, a viejos temblorosos, a vecinos que ya no tenían fuerzas para caminar con el agua a la cintura.

No cobró un peso.

No pidió gasolina.

No pidió aplausos.

La creciente había convertido los barrios en un pantano espeso donde todo olía a barro y derrota. La gente gritaba nombres, buscaba a sus familiares, peleaba por salvar un televisor, una cama, cualquier cosa que les recordara que alguna vez tuvieron una vida normal. En ese caos, la moto de él era un puente entre la desesperación y una mínima esperanza.

Al principio nadie lo grabó. Él tampoco lo buscó. Pero alguien se fijó en el cartel y en el ir y venir incansable del mototaxista y sacó el celular. La imagen empezó a rodar por WhatsApp, por Facebook, por páginas locales. Y entonces el país descubrió que, en medio de tanta miseria, había un hombre ayudando con lo único que poseía.

“No tengo plata para dar, pero tengo mi moto”, le dijo a un vecino que le preguntó por qué lo hacía.

Las historias de la tragedia suelen hablar de cifras: barrios inundados, familias damnificadas, toneladas de ayudas. Pero casi nunca hablan de estos nombres sin nombre, de los que se ensucian los pies y el alma sin esperar recompensa. Él no salió a rescatar fama; salió a rescatar gente.

Al caer la tarde, cuando el agua seguía subiendo y los motores de los botes oficiales apenas empezaban a llegar, el mototaxista seguía rodando. Tenía la camisa pegada al cuerpo, los zapatos llenos de lodo y la mirada cansada, pero no se detuvo.

Ese día no salvó un pueblo entero.

Salvó lo que pudo.

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Y en una tierra donde casi todo se compra y se cobra, un hombre demostró que todavía existen favores que no tienen tarifa. Que la solidaridad, a veces, viene montada en una moto sencilla.


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