Michael no pide regalos, los construye: La historia del niño del Magdalena que crea juguetes con basura


Ante la falta de recursos en su hogar, un niño del Magdalena fabrica sus propios juguetes con materiales reciclables. Mientras sus padres luchan a diario por garantizar la comida, el menor convierte residuos electrónicos en carros, luces y sueños de estudiar ingeniería.

En la casa de Michael no hay espacio para caprichos. Cada peso que entra se convierte en arroz, pan o comida para el día. Por eso, cuando el niño entendió que pedir juguetes significaba quitar algo de la mesa, tomó una decisión que no corresponde a su edad: dejar de pedir y empezar a crear.

“Yo tengo que aguantarme las ganas de tener un juguete”, dice sin rabia, sin llanto y sin reproches.

Lo dice como quien ya asumió que en su familia lo urgente siempre estará por encima de lo deseado. Esa resignación temprana no lo volvió triste; lo empujó a buscar felicidad entre lo que otros botan.

Jugar con lo que nadie quiere

Michael empezó a mirar la basura de otra forma. Entre residuos y aparatos dañados encontró cables, motores pequeños y piezas electrónicas que para muchos no valen nada. Para él, eran oportunidades. Sin manuales, sin clases y sin internet estable, comenzó a unir partes, a equivocarse y a volver a intentar.

Con paletas de madera, componentes reciclados y pura intuición, construyó un carro a control remoto. Le instaló luces LED y un protector plástico para que la lluvia no lo dañara. No fue un juego comprado: fue el resultado de horas de ensayo, errores y paciencia.

Luego vino algo más complejo. Una carroza con sistema Bluetooth y luces decorativas, armada pieza por pieza, demostrando una habilidad que sorprende incluso a adultos que han tenido acceso a estudios y recursos.

La infancia que se adapta a la pobreza

Michael entiende su realidad con una madurez que duele. Sabe que sus padres hacen lo imposible por sostener el hogar y por eso no exige. Se adapta. Pero sigue siendo un niño, y su ilusión no desaparece, solo se vuelve más pequeña.

Esta Navidad no sueña con grandes regalos. Sueña con unas chancletas nuevas, porque las que usa a diario ya están gastadas, y con un carro a control remoto, uno de verdad, como los que ve en vitrinas y que nunca han entrado a su casa.

Cuando habla del futuro, Michael no duda. Quiere estudiar, ser ingeniero y aprender de verdad lo que hoy hace por intuición.

“Yo quiero estudiar para hacer mi propia fábrica para carros de niños”, dice con seguridad, consciente de que el estudio es la única forma de convertir su talento en una oportunidad real.

Sabe que no puede hacerlo solo. Por eso habla de la ayuda que necesita, no como una limosna, sino como una herramienta para formarse. Para él, estudiar no es un lujo, es una salida.

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Un talento que quiere devolver lo que no tuvo

Michael no piensa solo en sí mismo. Sueña con usar lo que sabe para hacer felices a otros niños, especialmente en Navidad. Quiere que ninguno tenga que resignarse como él, que ninguno tenga que entender demasiado pronto que la pobreza manda.

Mientras tanto, sigue creando con lo que encuentra, jugando con lo que nadie quiere y demostrando que, incluso en la escasez, hay talentos que solo esperan una oportunidad para no quedarse atrapados en la basura.


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