“Mi hija, no puede ser”: la desgarradora imagen de un padre arrodillado ante el cuerpo de joven asesinada en su trabajo


El asesinato de Camila Andrea Camacho Betancourt en una estación de servicio del Huila no solo dejó a una joven muerta por balas criminales, sino a un padre destruido. Su abrazo desesperado sobre el cuerpo sin vida de su hija se convirtió en el rostro más crudo de la violencia y la presunta extorsión.

Él no preguntó quién disparó. No preguntó por qué. No pidió explicaciones. Cuando llegó y la vio en el suelo, inmóvil, su reacción fue instintiva: se arrodilló, la tomó entre sus brazos y la apretó con fuerza. Como si el contacto pudiera devolverle el aliento. Como si negarse a soltarla pudiera desmentir la muerte.

Mi hija, no puede ser, repetía una y otra vez, con la voz rota, mientras el llanto le ganaba al cuerpo. Nadie respondió. Nadie pudo hacerlo.

Camila Andrea Camacho Betancourt acababa de ser asesinada a tiros en la estación de servicio donde trabajaba junto a su familia, en el municipio de Algeciras, en el departamento de Huila. Hombres armados la atacaron sin darle oportunidad de huir, sin margen de defensa. Los disparos fueron certeros. La muerte, inmediata. El lugar de trabajo se convirtió en escena del crimen.
Pero el centro de la tragedia no fue el cordón policial ni las vainillas en el suelo.

Fue ese padre abrazando a su hija, negándose a aceptar que la violencia se la había arrebatado para siempre. Gritaba su nombre. Le hablaba al oído. La protegía con su cuerpo, aunque ya no había nada que proteger.

La escena quedó grabada en la memoria de quienes estaban allí y, más tarde, en miles de pantallas. No fue morbo lo que se viralizó, fue el dolor puro. Un dolor que no se puede actuar ni fingir. El de un padre al que le arrancaron a su hija mientras trabajaba para vivir.

Las autoridades llegaron, acordonaron el lugar y comenzaron las investigaciones. Las primeras hipótesis apuntan a un posible caso de extorsión contra el establecimiento. Se revisan cámaras de seguridad y se buscan responsables. Pero para ese padre, ninguna línea investigativa alcanza a llenar el vacío que dejó Camila.

Cuando finalmente lo separaron del cuerpo, sus brazos quedaron vacíos. No hubo consuelo. No hubo palabras. Solo silencio y una familia rota.

Camila no murió en un enfrentamiento. Murió trabajando. Y su padre no perdió solo a una hija: perdió su tranquilidad, su rutina y una parte de sí mismo.

Hoy, su pregunta sigue en el aire, sin respuesta, como una acusación directa a un país donde la violencia no avisa y donde el dolor de un padre se vuelve noticia porque se repite demasiado.


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