Mendihuaca quebrada: dos propuestas sobre la mesa y un pueblo que se arruina esperando el puente


Mientras la Gobernación del Magdalena y el Ejército definen entre dos alternativas técnicas para instalar un puente militar, comunidades, transportadores y comerciantes continúan aislados, acumulando pérdidas y viendo cómo el corredor entre Magdalena y La Guajira se convierte en un desierto de incertidumbre.

Mendihuaca no está esperando un puente: está esperando volver a existir. Cada día sin paso vehicular es un negocio que quiebra, un turista que no llega, un enfermo que debe dar vueltas largas para alcanzar un hospital. El río se llevó la estructura y detrás de ella se está llevando el sustento de miles de familias. Sobre la mesa hay dos opciones técnicas, pero en la calle solo hay una realidad: hambre, desespero y un corredor estratégico convertido en trampa.

Dos alternativas

La Gobernación del Magdalena y el Ejército Nacional evalúan contrarreloj cómo instalar el puente militar que permita reconectar el Caribe. Durante una inspección técnica en la zona, los ingenieros militares plantearon dos caminos.

El primero propone montar la estructura metálica sobre lo que queda del antiguo puente, aprovechando las bases existentes. El segundo plantea ubicar el paso provisional al costado izquierdo del sitio original, una alternativa que implicaría adecuaciones del terreno pero podría ofrecer mayor estabilidad.

Ambas opciones están siendo revisadas por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres e Invías. En los papeles todo avanza; en la carretera, nada se mueve.

Un corredor en crisis

El cierre de la vía no es un problema de tránsito: es una tragedia económica. Hoteles vacíos, restaurantes sin clientes, transportadores varados y productores que no logran sacar sus cosechas. El turismo de la Troncal del Caribe, que vive de la conexión entre Magdalena y La Guajira, está al borde del colapso.

Los habitantes de Guachaca, Buritaca y los corregimientos vecinos hablan de pérdidas diarias millonarias. Los buses deben dar rodeos eternos; las ambulancias tardan el doble; los niños llegan tarde a clases y los trabajadores pierden jornadas completas buscando cómo cruzar.

Liderazgo bajo presión

Desde la Gobernación se insiste en que la gestión es permanente. La mandataria Margarita Guerra encabeza las mesas técnicas y articula con el Gobierno Nacional para que la decisión se tome “priorizando la seguridad y la movilidad”.

El Ejército, por su parte, asegura tener la capacidad logística para iniciar apenas se defina el punto de instalación.

Pero la comunidad ya no quiere comunicados. Quiere ver vigas, grúas y soldados trabajando. Cada anuncio sin ejecución se siente como otra creciente del río.

En Mendihuaca no se habla de ingeniería, se habla de supervivencia. Los comerciantes han empezado a fiar para no cerrar; los pescadores venden a pérdida; los mototaxistas improvisan rutas peligrosas para ganar unos pesos.

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El puente militar es, por ahora, una promesa con dos dibujos distintos. Y mientras los técnicos miden, calculan y discuten, el territorio se sigue cayendo a pedazos. La gente ya no pregunta cuál alternativa es mejor. Pregunta, desesperado, cuánto tiempo más les va a tocar vivir del lado equivocado del río.


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