
Matan a hombre dentro de su vivienda cuando salía del baño y le dejan un cartel amenazante
Dos sicarios entraron hasta la casa de Alejandro Lora, “El Yera”, lo acribillaron sin darle tiempo de nada y dejaron un mensaje intimidante. Es el segundo asesinato en menos de una semana en este corregimiento de Tenerife, Magdalena.
El crimen fue rápido y frío. Alejandro Lora acababa de salir del baño cuando los disparos le cayeron encima dentro de su propia vivienda. No hubo forcejeo, no hubo escape, no hubo última oportunidad. Los sicarios llegaron directo a matarlo.
El ataque ocurrió en el corregimiento de Real del Obispo, zona rural de Tenerife, Magdalena. Dos motocicletas irrumpieron por una trocha polvorienta hasta detenerse frente a la casa de la víctima. De ellas bajaron hombres armados que entraron sin pedir permiso y sin decir una palabra.
Los vecinos solo escucharon la ráfaga. El estruendo rebotó entre las paredes de madera y zinc, y luego vino el silencio pesado que siempre queda después de una ejecución. Cuando algunos se atrevieron a asomarse, ya “El Yera” estaba tirado en el piso, en interiores, rodeado de casquillos y sangre.
Los asesinos no se fueron en silencio. Antes de huir dejaron un pedazo de cartón clavado junto al cuerpo con un mensaje escrito a mano. Nadie ha revelado qué dice exactamente, pero la sola presencia del letrero fue suficiente para sembrar más miedo del que ya había.
La escena quedó custodiada por la zozobra. Mujeres llorando detrás de las puertas, hombres hablando en voz baja, niños encerrados. La comunidad volvió a sentir lo que ya conocía: la sensación de que cualquiera puede ser el próximo.
Este es el segundo hecho violento en menos de una semana en Real del Obispo. La gente repite que algo está pasando, que no es casualidad, que el territorio otra vez está en disputa. Nadie se atreve a señalar nombres, pero todos tienen sospechas.

Las autoridades llegaron horas después para acordonar la vivienda y recoger pruebas. Analizan el cartel, los impactos, los testimonios. Lo de siempre. Mientras tanto, la vida del corregimiento quedó suspendida entre el miedo y la rabia.
Los habitantes piden presencia real del Estado, antes que se normalice la criminalidad.
Por ahora solo hay un cuerpo, un letrero y demasiadas preguntas. Los sicarios se fueron como llegaron: en moto, por la misma trocha, dejando claro que en este rincón rural la muerte sigue tocando la puerta sin avisar.
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