Más de 200 balas destrozaron el blindaje de camioneta de seguridad y ejecutaron a escoltas del senador Jairo Castellanos


Un comando armado destrozó con fusiles y explosivos una camioneta de alta seguridad en la vía Fortul–Tame. El blindaje no resistió la cantidad de tiros. Los dos ocupantes murieron sin alcanzar a responder.

El blindaje no sirvió de nada. Tampoco el entrenamiento, ni los protocolos, ni las rutas supuestamente seguras. La camioneta del esquema del senador Jairo Castellanos quedó convertida en un cascarón agujereado, abierta como lata, con dos hombres muertos adentro. Los escoltas nunca tuvieron oportunidad: los cazaron, los fijaron y los remataron.

La emboscada ocurrió en la carretera que une a Fortul con Tame, en el punto conocido como Mata de Cacao, una franja donde manda el que tenga más fusiles. Allí un grupo armado esperó el paso del vehículo, lo cercó y desató una tormenta de plomo. Testigos hablan de ráfagas continuas, de detonaciones que se confundían con explosivos, de un ataque diseñado para matar, no para intimidar.

Más de 200 balas impactaron la camioneta blindada. El metal reforzado se abrió como papel. Los escoltas quedaron atrapados en el interior, sin posibilidad de maniobrar, sin tiempo para reaccionar, sin una salida. No hubo intercambio de disparos: fue una ejecución.

Las autoridades confirmaron que los dos hombres murieron en el lugar, pero todavía evitan entregar sus identidades. Tampoco han explicado por qué un esquema de protección terminó transitando por un corredor rojo sin refuerzos ni acompañamiento. El silencio oficial contrasta con la evidencia: el ataque fue planificado con precisión militar.

El vehículo quedó atravesado en la vía, irreconocible. Puertas reventadas, vidrios pulverizados, la carrocería perforada de lado a lado. El blindaje, que debía garantizar vida, terminó convertido en ataúd.

El atentado ocurre en un Arauca que vuelve a ser campo de guerra. En los últimos días se han registrado hostigamientos contra la Policía y movimientos de grupos armados que disputan el control territorial.

La emboscada al esquema del senador es el golpe más fuerte y el mensaje más claro: nadie está a salvo.

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Tras la masacre, el Ejército y la Policía desplegaron un operativo tardío. Llegaron cuando todo había terminado, cuando los asesinos ya se habían ido y los escoltas eran solo dos cuerpos dentro de un carro destrozado. Los peritos recogieron vainillas, fragmentos, restos del explosivo. Lo de siempre. El país se estremeció con la noticia. Por ahora no hay responsables, ni hipótesis.


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