Lo sometieron a extrema tortura y lo tiraron en una trocha: nadie aparece a reclamar su cuerpo


El cuerpo de un hombre oriundo de Caucasia fue hallado muerto en el barrio El Oasis de Santa Marta. Lo mataron a golpes y puñaladas, y hasta hoy ningún familiar lo ha reclamado. Las autoridades intentan establecer qué hacía en la ciudad y quién ordenó una muerte brutal.

En una trocha del barrio El Oasis en Santa Marta, entre monte y basura, apareció el cuerpo destrozado de Camilo Andrés Gómez.

Lo mataron a golpes, lo apuñalaron y le sacaron los ojos. La imagen fue tan salvaje que los primeros vecinos que lo vieron prefirieron devolverse y llamar a la Policía sin acercarse demasiado.

Nadie en el sector lo reconoce. Nadie ha preguntado por él. Para los habitantes del Punto Cinco la Ladrillera, donde fue encontrado, es un muerto más que amaneció en una ciudad acostumbrada a los asesinatos sin explicación detallada.

El hallazgo ocurrió hacia las 9:00 de la mañana del martes 10 de febrero. Varias personas caminaban por el camino destapado cuando se toparon con el cadáver. Estaba boca arriba, con heridas abiertas de arma blanca y marcas de golpes con objetos contundentes. La escena hablaba de una tortura prolongada, de un ataque hecho con rabia y con tiempo.

Funcionarios del CTI de la Fiscalía llegaron al lugar para la inspección técnica. Tomaron fotos, recogieron evidencias y levantaron el cuerpo, que fue trasladado a la morgue de Medicina Legal. Allí lograron identificarlo: se llamaba Camilo Andrés Gómez y era natural de Caucasia, Antioquia. Nada más.

En Santa Marta nadie sabe qué hacía. No aparece un amigo, un conocido, una pareja, un jefe. Su nombre quedó registrado en un acta forense, pero su historia sigue en blanco. Los investigadores intentan reconstruir sus últimos días: con quién se reunía, dónde dormía, de qué vivía, a qué problema se metió para terminar mutilado en una trocha.

La Policía y la Fiscalía hablan de pesquisas en curso. Revisan cámaras, preguntan en el barrio, buscan testigos que hayan visto algún movimiento extraño la noche anterior. Hasta ahora solo hay preguntas. Ninguna pista clara.

Lo que sí está claro es la sevicia. No fue un atraco ni una riña improvisada. A Camilo lo atacaron para hacerlo sufrir, para desaparecerlo sin que nadie lo reclamara. El mensaje quedó escrito en su cuerpo.

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Mientras las autoridades prometen resultados, el cadáver sigue en una nevera de Medicina Legal esperando un doliente. Un hombre sin pasado conocido en la ciudad, asesinado con un odio que nadie entiende.


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