
Llegó por curiosidad y terminó siendo el que más se gozó la fiesta: polaco fue la sensación del Carnaval de Gaira
Un ciudadano de origen polaco que llegó por casualidad a los carnavales del sector Gaira terminó empapado de maicena, espuma y alegría costeña. Subió a la tarima, bailó sin entender el idioma y ganó un premio en medio de una celebración que, a diferencia de otras jornadas festivas, cerró sin violencia y con recuerdos felices para propios y visitantes.
No sabía qué estaba pasando. Tampoco entendía lo que le gritaban. Pero sonreía, saltaba y respondía con el dedo arriba.
En medio del bullicio, la música y el caos alegre del Carnaval de Gaira celebrado este domingo, un extranjero terminó robándose todas las miradas. No era cantante, ni animador, ni artista invitado. Era un turista polaco que llegó por pura casualidad y terminó convertido en la sensación de la fiesta.
Había llegado a la zona solo para mirar. Quería saber qué ocurría entre tanta música, comparsas improvisadas y gente cubierta de colores. Lo que no imaginó fue que minutos después estaría completamente empapado de maicena, espuma y abrazos de desconocidos que lo adoptaron como uno más del barrio.
La escena fue espontánea. Entre risas y aplausos, los asistentes lo subieron a la tarima instalada para la celebración popular. Allí comenzó todo.
Sin hablar español y sin entender las instrucciones que le daban desde el micrófono, el extranjero simplemente siguió el ritmo. Bailó, saltó, cantó como pudo y respondió con gestos a la energía colectiva que lo rodeaba. La multitud celebraba cada movimiento suyo como si fuera un artista invitado.
El carnaval, que muchas veces termina marcado por riñas o excesos, esa vez tomó otro rumbo.
Durante horas, la fiesta transcurrió entre música, juegos tradicionales y participación comunitaria. Familias completas salieron a las calles, niños corrían cubiertos de espuma y adultos revivían una tradición que en Gaira sigue siendo una expresión popular más que un espectáculo organizado.
El polaco, ya irreconocible bajo la maicena, terminó participando en concursos improvisados. Entre aplausos y carcajadas, ganó un premio entregado por los organizadores, convirtiéndose oficialmente en el personaje más celebrado de la jornada.
Aunque nadie entendía sus palabras, su emoción era evidente.
En su idioma aseguró que era una de las mejores fiestas que había vivido en su vida. Lo dijo sonriente, aún rodeado de personas que le pedían fotos y lo abrazaban como si fuera un viejo amigo.

La escena resumía algo que los habitantes de Gaira repiten cada año: el carnaval no necesita traducción.
Mientras en otras zonas del Caribe las celebraciones estuvieron marcadas por hechos violentos, en este sector la jornada terminó distinta. No hubo peleas que opacaran la noche ni sirenas que interrumpieran la música. Solo quedaron videos, risas y la historia inesperada de un visitante extranjero que llegó sin plan y terminó viviendo la esencia más auténtica de la fiesta.
Porque al final, como dicen en la Costa —y ahora también sabe un ciudadano polaco—, el carnaval no se explica. El carnaval se vive. Y quien lo vive, es quien realmente lo goza.
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