
Lideresa afro encaró a Petro y le pidió no frenar la desalinizadora para Santa Marta: “los barrios pobres del sur necesitan agua”
En plena asamblea interétnica realizada en la Sierra Nevada, la lideresa afrodescendiente Matilde Maestre Rivera tomó el micrófono y confrontó al presidente Gustavo Petro por su postura frente al proyecto de la planta desalinizadora para Santa Marta. Le recordó que la iniciativa no solo beneficiaría a hoteles o empresarios, sino a miles de familias pobres que llevan años viviendo sin agua potable.
El salón guardó silencio cuando ella habló.
En medio de discursos, consultas previas y discusiones sobre territorios ancestrales, una voz cambió el rumbo de la conversación. No fue una intervención más. No era un reclamo protocolario. Era la representación de una ciudad que lleva décadas esperando agua.
La lideresa afrodescendiente del Magdalena, Matilde Maestre Rivera, aprovechó su turno durante la asamblea interétnica realizada el 4 de marzo en la Sierra Nevada de Santa Marta para decirle algo directo al presidente de la República, Gustavo Petro. Que estaba equivocado.
La afirmación cayó en medio del encuentro que reunía al mandatario con comunidades indígenas y afrodescendientes para hablar sobre territorio y reconocimiento de la Línea Negra. Pero Maestre decidió hablar de otra cosa. Del agua que no llega.
“No es solo para los ricos”
La lideresa cuestionó la lectura que el presidente ha hecho sobre el proyecto de la planta desalinizadora que el Gobierno nacional se comprometió apoyar económicamente para Santa Marta.
Petro ha señalado que este tipo de proyectos terminarían beneficiando principalmente a hoteleros, empresarios y sectores con capacidad económica.
Pero Matilde Maestre le dijo que esa mirada no refleja lo que ocurre en los barrios de la ciudad.
Le recordó que en la zona donde se proyecta la planta no solo existen hoteles. También hay comunidades vulnerables que llevan años esperando una solución para poder abrir una llave y encontrar agua.
Barrios enteros donde el servicio es un privilegio. Donde el agua no llega todos los días. A veces aparece una vez por semana. A veces cada quince días. Y muchas veces, simplemente no llega.
La rutina de vivir sin agua
Entonces comienza otra rutina.
Esperar el carrotanque. Hacer fila con baldes. Comprar pimpinas. Agua medida. Agua racionada. Agua que termina costando más cara para quienes menos tienen.
La propia lideresa lo dijo frente al auditorio y frente al presidente: ella misma tiene que comprar agua para poder abastecer su casa.
Un relato que no es excepcional en Santa Marta. Es cotidiano.
Sectores como Don Jaca, Cristo Rey, La Paz y zonas de Gaira viven con esa incertidumbre permanente. Abrir la llave no garantiza nada.
Por eso, para muchas comunidades, el debate sobre las desalinizadoras no es técnico. Es vital.
Una promesa que no puede quedarse en anuncio
Durante su intervención, Maestre también recordó algo que ha pasado casi inadvertido dentro de la discusión pública.
El terreno donde se proyecta la instalación de la planta desalinizadora no fue entregado por el Distrito. Ese lote pertenece a bienes administrados por el propio Gobierno nacional a través de la Sociedad de Activos Especiales (SAE).
Por eso su mensaje fue directo. Le pidió al presidente que continúe apoyando el proyecto. Que no lo detenga. Que lo saque adelante.
Porque no solo beneficiaría al sur de la ciudad, sino que permitiría aliviar la presión sobre el sistema de acueducto existente y redistribuir más agua hacia el norte, donde se concentra la mayor población de Santa Marta.
Una solución que, según recordó, lleva años discutiéndose sin concretarse. Una promesa que ha pasado por distintos gobiernos. Y que la ciudad sigue esperando.
Una deuda histórica
La crisis del agua en Santa Marta no es nueva.
La ciudad depende principalmente de los ríos Manzanares y Piedras, cuyos caudales disminuyen considerablemente durante las temporadas secas.
A eso se suma el crecimiento urbano y turístico que ha superado la capacidad del sistema de acueducto. El resultado es una ciudad desigual incluso en algo tan básico como el agua.
Mientras algunos sectores tienen servicio continuo, otros sobreviven entre racionamientos, interrupciones prolongadas y la obligación de comprar el líquido para poder cocinar, lavar o bañarse.
Por eso, cuando Matilde Maestre habló, no habló solo por ella. Habló por miles. Y su mensaje quedó flotando en el encuentro.
En una ciudad rodeada por el mar y abrazada por la Sierra Nevada, la sed sigue siendo una herida abierta.
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