Les arrancaron el rostro: identifican a los hombres hallados desmembrados en costales al borde de una vía


Sus cuerpos, mutilados y distribuidos en bolsas, habían sido abandonados en zona rural de Ansermanuevo. La investigación entra ahora en una fase clave para esclarecer quién los asesinó y por qué.

Los dejaron tirados como si fueran desechos. Sin rostro. Sin manos. Sin identidad. Durante horas, esos cuerpos mutilados al borde de una carretera en Ansermanuevo no fueron personas, fueron un mensaje brutal escrito con sangre y violencia. Hoy tienen nombre.

Jhon Dairon Valdés Gil y Erik Zapata Tamayo son los dos hombres cuyos restos fueron encontrados dentro de costales abandonados en la vía que conduce al sector de Anacaro, en el norte del Valle del Cauca. La confirmación de sus identidades no solo cierra una etapa del caso, también destapa con mayor crudeza lo que ocurrió: alguien se tomó el tiempo de desmembrarlos, ocultar sus partes y desaparecer lo esencial para que no fueran reconocidos.

El hallazgo fue tan frío como la escena. A un costado de la carretera, en un tramo donde la noche pesa más que el tránsito, aparecieron los sacos cerrados. Nada a simple vista indicaba lo que escondían. Fue la sospecha de un transeúnte lo que rompió la rutina del lugar. Se acercó. Miró. Y encontró el horror comprimido en bolsas.

Dentro no había cuerpos completos. Había fragmentos. Cortes precisos. Señales de arma blanca. Partes distribuidas como si alguien hubiera querido borrar toda posibilidad de reconstrucción. La ausencia de las cabezas y las manos no fue un detalle menor: fue una decisión. Un intento claro de impedir que alguien los reconociera.

Esa decisión retrasó todo. La identificación no fue inmediata. Los forenses tuvieron que trabajar contra el tiempo y contra la violencia misma de la escena. Cada bolsa fue abierta con cuidado, cada resto analizado con precisión. La inspección se extendió por horas bajo luces intermitentes, con la vía acordonada y el silencio impuesto por la gravedad del caso.

En medio de ese proceso, una coincidencia empezó a encajar. Uno de los nombres correspondía al de un joven que había sido reportado como desaparecido días antes. Ese dato cambió el rumbo de la investigación: la escena del hallazgo ya no era el punto de origen, sino el final de un recorrido marcado por la muerte.

Con las identidades confirmadas, la pregunta dejó de ser quiénes eran. Ahora es más incómoda, más urgente: qué les hicieron, dónde ocurrió y por qué terminaron convertidos en piezas de un crimen diseñado para ocultar.

La Policía y la Fiscalía avanzan en la reconstrucción de los hechos. Cámaras de seguridad, movimientos recientes, llamadas, contactos, todo está bajo revisión. Cada rastro es clave para entender cómo dos hombres terminaron desmembrados, embolsados y abandonados como advertencia en una carretera solitaria.

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Mientras tanto, en Ansermanuevo, la imagen de los costales sigue intacta en la memoria de quienes pasaron por allí. Ya no son solo sacos cerrados a un lado de la vía. Ahora tienen nombres. Y detrás de esos nombres, una historia que aún no ha terminado de contarse.


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