“José Pistola”: del liderazgo cristiano a un final marcado por la misma violencia que sembró


Pasó de congregarse en una iglesia cristiana a convertirse en uno de los hombres más temidos de Urabá. Su final fue tan violento como la vida que eligió: retenido, expuesto en un video, torturado y hallado muerto a la orilla de una carretera.

Hubo un tiempo en que José Manuel Batista Moya no era “José Pistola”. No era un alias temido. No era un nombre que se pronunciara en voz baja. Era un joven más dentro de una congregación cristiana, levantando las manos en oración, escuchando prédicas, hablando de Dios y de cambio.

Quienes lo conocieron en esa etapa lo recuerdan distinto. Vestía formal para ir al culto, participaba en reuniones, escuchaba mensajes sobre perdón y redención. Su imagen era la de alguien que intentaba mantenerse en el camino espiritual. Nada hacía prever el giro que tomaría su vida.
Pero el rumbo cambió.

Con el paso del tiempo se apartó de la iglesia. Se alejó de quienes compartían con él la fe. Empezaron las nuevas amistades, las decisiones equivocadas, los pasos hacia un entorno donde el respeto se imponía con miedo. Dejó de ser un testimonio para convertirse en un rumor oscuro que crecía en los barrios de Urabá.

En esa transformación nació el alias: “José Pistola”.

Ya no era el joven del templo, sino un hombre señalado de participar en actividades delictivas que lo posicionaron entre los más buscados de la región. Su nombre empezó a asociarse con hurtos violentos, amenazas, con intimidación, con violencia. El mismo que alguna vez habló de misericordia terminó sembrando temor.

Algunos antiguos conocidos dicen que era irreconocible. Que parecía otra persona. Que algo se le endureció en la mirada. Que el muchacho que hablaba de fe desapareció para dar paso a alguien que imponía terror.

El final que nadie predica

El lunes 9 de febrero su historia llegó al límite.

Fue retenido en una vivienda de Apartadó. Versiones indican que lo sacaron a la fuerza. Horas después comenzó a circular un video que mostraba la escena más cruda de su caída: maniatado, sometido, interrogado sobre supuestas acciones delictivas. El hombre que generó miedo estaba ahora reducido, expuesto ante la misma lógica violenta que alimentó.

Al caer la noche, su cuerpo apareció a la orilla de la vía entre Chigorodó y Mutatá. Sin vida.

Su final fue público, humillante y brutal. La exposición en video anticipó lo que vendría: tortura y muerte.

En una región donde las cuentas se saldan sin jueces, la violencia suele devolver con la misma dureza lo que se sembró.

La historia de José Manuel Batista Moya es la de un contraste extremo. De la iglesia al bajo mundo. De los cantos religiosos al sonido de las armas.

De hablar de salvación a convertirse en uno de los hombres más perseguidos de Urabá.

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Quienes lo conocieron en su etapa religiosa ven en su final una advertencia amarga. El camino que abandonó fue el mismo que predicaba cambio y esperanza. El que eligió después lo llevó a ser capturado por otros violentos, exhibido sin compasión y dejado muerto al borde de una carretera.

No hubo redención pública. No hubo regreso al templo.


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