
“Esta es mi misión”: con limitaciones físicas, pero lleva 10 años alimentando animales abandonados en Santa Marta
Un hombre recorre a diario distintos sectores de Santa Marta en bicicleta para alimentar perros y gatos callejeros, una labor que mantiene desde hace una década pese a una severa limitación física.
Desde hace diez años, Simón Celis convirtió las calles de Santa Marta en su ruta diaria de ayuda: recorre la ciudad para alimentar animales en condición de abandono, enfrentando al tiempo una discapacidad que le impide mantenerse de pie por largos periodos.
Cada jornada comienza con la misma escena. Una bicicleta cargada con bolsas de alimento. Un destino claro. Y una promesa que no ha dejado de cumplir. Alimentar a los mas vulnerables, los que no pueden hablar.
Empieza en el Centro Histórico, se detiene en la Catedral, el parque San Miguel y también en el polideportivo de la 22 y en el estadio Eduardo Santos. No improvisa: sabe exactamente dónde lo esperan. Perros y gatos que ya lo conocen y se alegran al verlo.
“Todas las personas tienen una ocupación después de cierta edad, esta es la mía”, afirma considerando que esa es su misión de vida.
Su labor no nació por casualidad. Tiene un origen más profundo.
“Tengo 10 años haciendo esta labor, como promesa a la virgen”, cuenta.
Detrás de esa promesa hay una historia marcada por momentos difíciles, por etapas en las que la vida no le dio tregua. No todo fue fe ni esperanza. Hubo dolor, incertidumbre y golpes que lo llevaron a cuestionarlo todo, incluso sus creencias. Durante ese tiempo, en medio de las dificultades que atravesaba, se alejó de Dios.
Años atrás, cuando apenas tenía 24 años y estaba recién casado, enfrentó uno de los momentos más duros de su historia. Perdió una pierna. Lo que vino después fue un camino largo y desgastante: un año entero alejado de su vida marital, incertidumbre constante y un proceso físico y emocional que lo llevó al límite.
Los médicos hicieron todo lo posible. Lograron reimplantarle la pierna, pero el daño era severo. Las venas no pudieron ser recuperadas. Desde entonces, vive con una limitación permanente: solo puede mantenerse de pie durante tres horas. Después, la pierna se le hincha y el dolor aparece.
Fue en medio de esa tormenta personal donde surgió su promesa. Lo que empezó como un quiebre terminó convirtiéndose en una razón para seguir adelante, en una forma de reconstruir su camino.
Hoy, esa promesa tiene forma de recorrido. De calles. De animales que esperan. No hay descanso. No hay excusas. A pesar del cansancio, a pesar del dolor, sigue cumpliendo.
Carga alimento. Pedalea. Se detiene. Alimenta. Y continúa. Así vive su vida actualmente.
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“Vale la pena seguir haciéndolo”, expresa con satisfacción personal.
Y en esa frase se resume todo: una historia de caída, de fe reconstruida y de una lucha diaria que, lejos de detenerse, encontró sentido en ayudar a quienes más lo necesitan.
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