
Essmar suma su décimo interventor mientras Santa Marta sigue viviendo a punta de carrotanques y alcantarilla rebosadas
Ninguno de los gerentes que ha tenido la entidad, ha ejecutado un plan de mejoramiento con continuidad y resultados.
Otro nombre entra al edificio de la Empresa de Servicios Públicos de Santa Marta, Essmar y la historia vuelve a empezar de cero. Abraham Cure Bojanini es desde este martes el décimo interventor de la empresa de servicios públicos de Santa Marta, una entidad que cambia de timonel con la misma facilidad con la que en los barrios se va el agua: sin aviso y sin soluciones a la vista.
Afuera, la ciudad sigue esperando lo mismo de siempre: que llegue el agua de forma estable a las casas y las alcantarillas no se desborden.
Diez interventores, el mismo problema
La Superintendencia de Servicios Públicos oficializó el relevo y con él se alarga una lista que ya parece interminable. Diez interventores en pocos años y, sin embargo, los cortes continúan, la presión es baja y los rebosamientos de aguas residuales siguen marcando la vida cotidiana de miles de samarios.
¿Quién es el nuevo interventor?
Cure Bojanini llega con un currículo técnico: ingeniero civil, barranquillero, exsubgerente de la Triple A. En el papel suena a lo que la Essmar necesita desde hace rato. En la práctica, la ciudad ha aprendido a desconfiar de los perfiles y a medir a los funcionarios por los resultados, no por las hojas de vida.
El nombramiento se produce apenas horas después de un plantón de los sindicatos frente a la sede de la empresa. SINTRAEMSDES, SINTRASEPD y SINTRASERPUCOL salieron a la calle para decir lo que en los barrios se repite en voz baja: la inestabilidad gerencial es el verdadero enemigo.
“Aquí nadie alcanza ni a calentar la silla y ya lo están cambiando”, reclamaron los trabajadores.
La ciudad que vive con reservas
Mientras en los despachos se firman resoluciones, los barrios la rutina es otra. Familias enteras dependen de tanques elevados, pimpinas y baldes alineados como parte del mobiliario del hogar. El agua llega a deshoras, a veces de madrugada, y toca correr para llenar lo que se pueda.
Los comerciantes han convertido las reservas en parte del negocio. Restaurantes que lavan platos con lo mínimo, peluquerías que cancelan turnos, colegios que suspenden clases y centros de salud que trabajan al límite cuando el suministro se interrumpe. No es un problema técnico: es un asunto que golpea la economía diaria y la dignidad de la gente.

El alcantarillado tampoco da tregua. Redes viejas, tuberías colapsadas y un crecimiento urbano que nunca fue acompañado de inversiones reales convierten cada aguacero en una emergencia. Las calles se vuelven ríos sucios y los olores recuerdan que el problema va mucho más allá de la falta de agua potable.

El escepticismo de siempre
La llegada del nuevo interventor despierta preguntas que ya parecen un libreto repetido.
¿Será este el que marque la diferencia?
¿Cuántos nombres más tendrán que pasar por esa oficina para que la crisis deje de ser noticia?
¿Hasta cuándo la intervención seguirá siendo un experimento sin resultados?
Líderes comunales y veedurías miran con cautela. Saben que cada administración llega con diagnósticos, planes y cronogramas, pero la vida en los barrios no cambia.
“Aquí lo que necesitamos son obras, no más discursos”, dice un presidente de junta.
Santa Marta vuelve a estrenar jefe en la Essmar, pero la ciudad no estrena servicio. El problema sigue siendo el mismo que hace años: un sistema incapaz de responderle a casi medio millón de habitantes y una intervención que, lejos de enderezar el rumbo, parece caminar en círculos.
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En las calles la gente no habla de hojas de vida ni de nombramientos. Habla del recibo que llega puntual, del agua que no llega nunca y de las alcantarillas que se desbordan a cada rato. Habla de lo básico.
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