
El mar en Santa Marta devolvió a la orilla cantidades de basura arrojada por la gente
El fuerte oleaje destapó la huella de la contaminación humana y convirtió los balnearios en vertederos a cielo abierto.
El frente frío que azota por estos días a Santa Marta no solo trajo lluvias y banderas rojas. También trajo una verdad incómoda: el mar decidió regresarle a la ciudad toda la basura que durante meses le arrojaron. Con la marea alta y el oleaje crecido, las playas quedaron convertidas en un espejo sucio de nuestra propia desidia.
Botellas plásticas, icopor, sandalias rotas, pañales, bolsas, restos de comida, tapas, latas oxidadas. Todo apareció revuelto sobre la arena como si el Caribe hubiera abierto un cajón viejo y lo hubiera volteado de un solo golpe. En El Rodadero, en la Bahía, en Taganga y en Playa Salguero el panorama fue el mismo: montañas de desperdicios que no llegaron solas, que tuvieron dueño, mano y olvido.
No fue un milagro del clima. Fue una limpieza forzada. El mar, cansado de tragar lo que no le pertenece, aprovechó la furia del viento para escupirlo de vuelta. Las olas, más altas de lo habitual, barrieron el fondo y arrastraron hasta la orilla lo que turistas y habitantes dejaron atrás o lanzaron a los ríos creyendo que el agua todo lo esconde.

Los vendedores que madrugan a organizar carpas miraban con asombro. “Nunca habíamos visto tanta basura junta”, decía uno mientras apartaba con un palo un racimo de plásticos enredados con algas. Algunos visitantes tomaban fotos, otros caminaban con cuidado para no pisar aquel museo triste de nuestra irresponsabilidad.
La ciudad se ha acostumbrado a culpar al invierno, a la marea, a los ríos crecidos. Pero esta vez el culpable tenía rostro conocido. Cada botella llevaba la huella de una tarde de playa, cada bolsa el recuerdo de un almuerzo al paso, cada vaso desechable el eco de una fiesta que terminó sin pensar en el mañana.
El espectáculo obligó a operativos de limpieza improvisados. Cuadrillas de aseo y voluntarios recogieron toneladas de desechos, pero el mar seguía sacando más, como si quisiera dar una lección completa, sin atajos. Lo que tardó meses en acumularse apareció en horas, desnudo frente a todos.

Especialistas advierten que estos residuos no solo afean el paisaje: asfixian tortugas, confunden a las aves, enferman los arrecifes y terminan regresando al plato en forma de microplásticos. El daño no es estético; es un golpe silencioso a la vida que sostiene a la misma ciudad que vive del turismo y del mar.
Cuando caía la tarde, el oleaje seguía golpeando los espolones y la basura seguía llegando como cartas devueltas. Santa Marta miró, quizá por primera vez de frente, lo que suele esconder bajo la alfombra azul del Caribe.
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El llamado es simple y antiguo: más conciencia, menos olvido. Porque el mar puede perdonar muchas cosas, pero no puede cargar para siempre la suciedad de quienes dicen amarlo.
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