El callejón que quieren privatizar en Taganga; instalación de portón que cierra el paso a la playa desata confrontación


Un hombre instaló un portón en un callejón que históricamente ha servido de acceso a la playa en Taganga. La comunidad reclama que se trata de un paso público y advierte que el cerramiento es ilegal. El caso ya fue puesto en conocimiento de la Inspección de Policía, mientras crece la tensión por la apropiación de espacios comunes en este territorio de pescadores.

En Taganga los caminos no siempre están dibujados en los planos, pero sí en la memoria. Hay callejones que nacieron antes que los muros, antes que los títulos y antes que el turismo. Por uno de ellos —estrecho, de arena pisada y salitre— la gente ha caminado toda la vida hacia la playa: pescadores cargando redes, mujeres con ollas y calderos, niños descalzos, vendedores rebuscándose el día.

Ese paso, que nunca tuvo candado, amaneció con un portón metálico en proceso de instalación. Y con él, la certeza de que algo se estaba rompiendo.

Eso es privado”, dijo un supuesto propietario

El video que hoy recorre las redes muestra la escena: un hombre instala el portón y asegura que el callejón es suyo. Que es propiedad privada. Que nadie puede pasar. O al menos no siempre. Dice que durante el día estará abierto, pero que en la noche se cerrará.

La respuesta no tarda. “Eso es ilegal”, le gritan. Le recuerdan que ese paso siempre ha sido público, que por ahí transita la gente del pueblo, que nadie nunca lo había cerrado. Que no es justo.

Las palabras chocan como olas cortas. Se piden papeles. Escrituras. Pruebas.
—Que me demuestren que es público —responde el hombre.
—La inspección ya dijo que eso no se puede cerrar —le replican.

La noche como frontera

El argumento del cierre nocturno no calma a nadie. En Taganga la noche no es un lujo: es trabajo, es regreso, es tránsito. Para la comunidad, esa promesa suena conocida. Primero se deja pasar, luego se cierra del todo. Primero el portón, después el muro. Primero la discusión, luego el desalojo silencioso.

El tono sube. Se advierte que la comunidad podría tumbar el portón. El hombre responde que lo terminará y que esperará a quien venga a quitárselo.

No hay acuerdo. Solo queda el ruido del metal y la sensación de que ese callejón ya no es el mismo.

Un conflicto que se repite

Lo ocurrido no es un hecho aislado. En Taganga, tierra de pescadores y destino turístico de Santa Marta, las construcciones levantadas de madrugada, la apropiación de zonas públicas y los cerramientos “de hecho” se han vuelto una constante. Lotes que aparecen, pasos que desaparecen, accesos que se privatizan sin que nadie dé una explicación clara.

Cada nuevo portón estrecha un poco más el territorio de quienes siempre han vivido ahí. La comunidad se siente acorralada en su propio espacio, viendo cómo los caminos colectivos se convierten en disputas legales —o ilegales— donde casi siempre pierden los mismos.

A la espera de la autoridad

Hasta ahora no hay pronunciamiento oficial sobre la legalidad del cerramiento ni sobre la condición jurídica del callejón. La decisión está en manos de las autoridades, que deberán determinar si se trata de un bien público o privado y actuar en consecuencia.

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Mientras tanto, el portón sigue ahí, como una advertencia. No solo de hierro, sino de lo que pasa cuando la ciudad permite que, poco a poco, la noche empiece a cerrar los caminos que siempre fueron de todos.


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