
Desenlace inesperado de peligroso cabecilla del Clan del Golfo: lo buscaban por cielo y tierra y murió ahogado en el río
Uno de los criminales más perseguidos del Caribe colombiano encontró un final impensado: un accidente fluvial acabó con la vida del hombre que había sobrevivido a emboscadas, persecuciones y guerras internas. Su muerte, confirmada por la Policía y el equipo negociador del Gobierno, sacude la estructura del Clan del Golfo y deja en el aire los acercamientos que se adelantaban con el Estado.
A José Gonzalo Sánchez Sánchez, alias “Gonzalito”, lo buscaban con 5.000 millones de pesos sobre la cabeza, lo seguían con drones, radares y comandos especiales; pero no lo tumbó un operativo ni un fusil, sino el mismo río por donde se movió durante años: el segundo cabecilla del Clan del Golfo murió ahogado tras volcarse su lancha en Tierralta, Córdoba.
El río no distingue jerarquías. Para la corriente es lo mismo un pescador, un campesino o el “número dos” de la organización criminal más poderosa del país. Ese día, en un brazo espeso de Tierralta, el agua hizo lo que la justicia no había podido en décadas.
Alias “Gonzalito” navegaba como tantas veces lo hizo: confiado, protegido por la geografía que conocía mejor que nadie. Esos ríos fueron su escondite, su autopista clandestina, la frontera natural que lo separó de operativos y órdenes de captura. Pero la lancha falló —o el río se encabritó— y en segundos el poder se volvió fragilidad.
La embarcación perdió estabilidad, dio un giro torpe y volcó. Los cuerpos cayeron como bultos sobre la corriente. No hubo ráfagas ni sirenas, solo el ruido ciego del agua tragándose todo. Cuando llegaron los primeros auxilios ya era tarde: el hombre de la recompensa multimillonaria flotaba sin vida.
Las autoridades confirmaron la noticia con una mezcla de alivio y desconcierto. Nadie imaginó que el final de uno de los criminales más buscados de Colombia sería así: sin esposas, sin allanamientos, sin la foto clásica del capturado, sino envuelto en lodo y silencio.
Un equipo de Fiscalía y Policía trata de reconstruir lo ocurrido. Se habla de fallas mecánicas, de sobrecupo, de una corriente traicionera. También de un viaje que tenía destino político: un encuentro relacionado con los acercamientos entre el Gobierno y el Clan del Golfo. La ironía es brutal: iba a una mesa de diálogo y terminó en una camilla de Medicina Legal.
El rastro que deja
Su nombre pesaba como plomo en Córdoba, Antioquia, Sucre y Bolívar. Desde los años noventa se curtió en las Autodefensas y luego se volvió columna vertebral del bloque Roberto Vargas Gutiérrez. No era un simple gatillero: diseñaba estrategias, movía rutas del narcotráfico, decidía castigos.
Los informes lo señalan de emboscadas contra la Fuerza Pública, secuestros de funcionarios y del temido “plan pistola” que bañó de sangre a varios municipios. Por su cabeza el Estado ofrecía 5.000 millones de pesos, una cifra que lo convirtió en fantasma permanente de la región.
Y, sin embargo, la muerte le llegó sin espectáculo. No hubo comando élite, ni persecución cinematográfica. Solo un accidente vulgar, casi doméstico, en los mismos ríos que lo hicieron intocable.

Lo que viene
Para el Clan del Golfo es un golpe seco. Pierden a su estratega militar, al hombre que mantenía el control territorial y las rutas del Caribe. Para el Gobierno, es un tablero que cambia de repente: las negociaciones quedan cojas, el mando interno se reacomoda y la violencia puede buscar nuevo dueño.
En Tierralta, mientras tanto, el río siguió su curso como si nada. Los pescadores volvieron a tirar sus redes y las lanchas a cruzar el mismo punto. El agua no sabe de recompensas ni de prontuarios. Solo sabe tragar.
Y esta vez se llevó al que todos creían invencible.
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