
De 4.000 a menos de 2.000 carros diarios: el colapso del puente de Mendihuaca golpea a más de 60 mil personas en la Troncal del Caribe
Antes del colapso del puente en la Troncal del Caribe transitaban más de 4.000 vehículos diarios entre Santa Marta y La Guajira. Hoy, casi dos semanas después del desastre provocado por la creciente del río Mendihuaca, el paso provisional apenas permite el tránsito de entre 1.500 y 2.000 vehículos al día. La reducción del flujo ha golpeado el turismo, el transporte de carga y la economía de decenas de comunidades que viven del movimiento de la carretera.
El puente colapsó en cuestión de minutos, pero el impacto de su daño sigue sintiéndose en toda esa parte de la Troncal del Caribe.
La creciente del río Mendihuaca, alimentada por las lluvias del reciente frente frío que golpeó la Sierra Nevada de Santa Marta, terminó destrozando una estructura que durante años fue uno de los puntos clave de esta carretera que conecta a Santa Marta con La Guajira.
Desde entonces la vida en ese corredor vial cambió.
Donde antes cruzaban miles de vehículos al día, ahora el tránsito se mueve lento, controlado y con largas filas que se extienden sobre el pedraplén improvisado que sirve como paso provisional.
El puente cayó, pero lo que realmente se fracturó fue el ritmo económico de toda una región.

Un corredor por donde pasaban miles de vehículos
Antes del colapso, el tramo de Mendihuaca registraba un flujo promedio cercano a 4.100 vehículos diarios, entre automóviles particulares, buses turísticos, camiones de carga y transporte intermunicipal.
Eso significaba que por ese punto transitaban cerca de 170 vehículos cada hora, es decir casi tres vehículos por minuto.
Era el flujo natural de una carretera estratégica que no solo conecta dos departamentos, sino que también articula turismo, agricultura, comercio y transporte.
Por esa vía se movilizaban visitantes rumbo al Parque Tayrona, viajeros hacia Palomino, comerciantes que transportaban alimentos y agricultores que sacaban su producción hacia los mercados.
La carretera era, en muchos sentidos, la arteria económica de la zona.
Un paso provisional que apenas resiste el movimiento
Tras el colapso del puente, las autoridades habilitaron un pedraplén provisional el 8 de marzo para restablecer parcialmente la movilidad. Pero la solución es limitada.
El paso funciona bajo un sistema de pare y siga, con circulación de vehículos uno a uno, velocidad restringida y control permanente de las autoridades para evitar sobrecargas en la estructura improvisada.
Además, los vehículos pesados y tractomulas tienen restricciones, lo que obliga a muchos transportadores a buscar rutas alternas mucho más largas. El resultado es evidente en las cifras.
Hoy por el paso provisional circulan entre 1.500 y 2.000 vehículos diarios, es decir, entre un 50 y un 65 por ciento menos tráfico que antes del colapso.
Donde antes transitaban tres vehículos por minuto, ahora el flujo es mucho más lento. La carretera sigue viva, pero apenas respira.

El golpe silencioso a la economía local
La reducción del tráfico no solo se siente en el asfalto. Se siente también en los bolsillos.
En los pequeños restaurantes que sobreviven del paso de turistas, en los vendedores de chorizo y fritos a la orilla de la carretera, en los hostales que dependen del movimiento constante de viajeros rumbo a la Sierra Nevada o a las playas del Caribe.
Muchos de esos negocios vieron caer sus ingresos casi de inmediato.
El turismo, uno de los motores económicos del corredor Santa Marta–La Guajira, también sintió el golpe.
Las dificultades para cruzar el río, las filas de vehículos y la incertidumbre sobre el estado de la vía han hecho que algunos visitantes reconsideren sus viajes o modifiquen sus rutas.
Para una región donde buena parte de la economía gira alrededor del turismo de naturaleza, cada vehículo que deja de pasar representa una oportunidad perdida.
Comunidades que viven del movimiento de la carretera
El impacto del colapso no se limita a los viajeros. También golpea directamente a las comunidades que habitan en el área de influencia de la vía.
Se estima que alrededor de 60.000 personas dependen directa o indirectamente del dinamismo económico que genera este corredor vial.
Habitantes de sectores como Guachaca, Mendihuaca, Buritaca y otras poblaciones cercanas han visto cómo el movimiento comercial se desacelera mientras la movilidad intenta adaptarse a las nuevas condiciones.
Transportadores, agricultores, comerciantes y prestadores de servicios turísticos están entre los más afectados.

Para muchos de ellos, cada día con tráfico reducido significa menos clientes, menos ventas y más incertidumbre.
La esperanza puesta en el puente militar
Mientras el pedraplén mantiene el tránsito a medio ritmo, la atención está puesta en la construcción de un puente militar provisional, que permitiría restablecer la conectividad de manera más segura y eficiente.
Las autoridades han señalado que la estructura podría estar lista para próxima temporada turística de Semana Santa, una fecha clave para la economía de la región.
Hasta entonces, el pedraplén seguirá siendo el único hilo que mantiene conectadas dos partes del Caribe colombiano.
Un hilo frágil.
Uno que cada día soporta el peso de miles de vehículos y de la economía de toda una región que espera volver a moverse con la velocidad que tenía antes de que el río Mendihuaca se llevara su puente.
PAUTE
AQUÍ
420 px x 450 px
INFO AQUÍ
