Capo señalado de ordenar el crimen de futbolista Andrés Escobar, murió en brutal ataque criminal en México


Casi 30 años después del asesinato del futbolista, mataron en Toluca a Santiago Gallón Henao, hombre clave del narcotráfico de los noventa. Nunca pagó por ese caso en la cárcel, pero su vida terminó igual que la de muchos a los que persiguió la violencia que él mismo alimentó.

A Santiago Gallón Henao lo mataron como vivió: a tiros. El señalado narcotraficante fue acribillado en el Valle de Toluca, México, y su nombre volvió a sonar en Colombia con la misma carga que arrastra desde 1994, cuando el país enterró a Andrés Escobar, el defensa de la Selección asesinado después del Mundial de Estados Unidos.

La noticia no es solo un ajuste de cuentas del crimen organizado. Es un golpe directo a la memoria de un caso que nunca cerró del todo. Gallón fue señalado durante años como uno de los hombres que habría estado detrás de la orden de matar al futbolista por el autogol que eliminó a Colombia de un mundial. La justicia condenó al gatillero, pero los hilos de poder que movieron ese crimen quedaron intactos.

Treinta años después, la historia se repite con el mismo libreto: un hombre ligado a la droga, a los negocios oscuros y a la sangre, cae abatido en otro país, lejos de Medellín, pero con la sombra de aquel asesinato siguiéndolo hasta el final.

Un nombre marcado por la violencia

Gallón Henao fue más que un caballista reconocido. Durante décadas figuró en expedientes de narcotráfico, lavado de activos y financiación de estructuras ilegales. Estuvo en la Lista Clinton y fue procesado por distintos delitos, pero nunca respondió ante un juez por el caso Escobar.
El asesinato del futbolista quedó reducido a un autor material y a una verdad a medias. Para muchos, los verdaderos responsables se movieron con tranquilidad mientras el país lloraba a uno de sus ídolos más limpios.

Andrés Escobar no era solo un defensa elegante. Representaba otra Colombia, la que creía que el fútbol podía ser un territorio distinto a la guerra de las calles. Lo mataron por un error deportivo, por un autogol convertido en sentencia de muerte en una ciudad dominada por narcos y sicarios.

Gallón siguió su vida. Hizo negocios, montó caballos, cambió de países y de socios. El expediente moral lo perseguía, pero la justicia no.

La impunidad que nunca se fue

El crimen del futbolista se convirtió en un símbolo de lo que era el país en los noventa: una mezcla de balones, cocaína y plomo. Mientras el mundo recordaba a Escobar como ejemplo de juego limpio, en Medellín mandaba la ley del gatillo.
La muerte de Gallón en México reabre esa herida. No porque su caída repare algo, sino porque confirma que la verdad se quedó enterrada bajo el miedo y los intereses.

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Las autoridades mexicanas investigan quién lo mandó a matar y por qué. En ese universo, las razones sobran: viejas deudas, traiciones, rutas de droga.
Gallón no pagó en una celda por el crimen que marcó al fútbol colombiano. Pagó con su vida, en otro país, bajo otras reglas del mismo negocio. Su muerte no es justicia, es continuidad de la misma cadena de violencia.

Casi tres décadas después, Andrés Escobar sigue siendo la víctima. El país cambió de capos, de carteles y de guerras, pero la lógica es idéntica: el que estorba se elimina, el que sabe demasiado termina callado.

El fútbol perdió a un hombre digno en 1994. El narcotráfico acaba de perder a uno de los suyos en 2024. Entre esos dos extremos está la historia de un país que todavía no logra sacudirse del todo la sangre que lo fundó.


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