Asesinan a domiciliario de 17 años por extorsión contra negocio donde trabajaba para estudiar


Lo mataron mientras trabajaba en un negocio de comidas rápidas en Soledad, Atlántico. El crimen, según las primeras hipótesis, sería una represalia contra sus empleadores por negarse a pagar una extorsión.

Sebastián Guzmán Ayala llegó a trabajar como cualquier otra noche. Tenía 17 años, un turno por cumplir y una meta clara: pagar sus estudios de Derecho. A las 10:00 p. m., frente al mismo local donde repartía pedidos, lo mataron a tiros. No era el objetivo. Era el mensaje.

El ataque ocurrió en el barrio Villa Estadio, en Soledad, Atlántico. Sebastián estaba en la parte exterior del establecimiento donde laboraba desde hacía apenas dos semanas. Cumplía con su jornada cuando una motocicleta se acercó sin levantar sospechas.

El parrillero bajó la mano, sacó el arma y disparó. Varias veces. Uno de los proyectiles impactó su tórax y lo dejó tendido en el suelo.

El caos se tomó la escena. Clientes corrieron, vecinos gritaron, compañeros intentaron auxiliarlo mientras la sangre se extendía sobre el pavimento. Fue llevado de urgencia a la clínica Agrupa Salud, pero ya era tarde. Ingresó sin signos vitales. El disparo había comprometido órganos esenciales.

Un trabajador en medio de una guerra ajena

Sebastián no tenía antecedentes. No estaba vinculado a estructuras criminales. No tenía enemigos. Era un joven que había comenzado a estudiar Derecho y que trabajaba como domiciliario para sostener ese sueño.

Su rutina era simple: pedidos, entregas, esfuerzo. Esa noche, como tantas otras, salió a ganarse el día. No sabía que estaba en el punto donde otros querían dejar un mensaje de sangre.

Las autoridades confirmaron que no registraba anotaciones en el sistema SPOA. Todo apunta a que fue una víctima elegida por su cercanía, por estar en el lugar equivocado, por ser visible.

El aviso que terminó en muerte

Días antes del crimen, el negocio donde trabajaba había sido amenazado.

El 24 de marzo, la propietaria, Leidy Yuliana Acosta Losada, recibió un panfleto firmado presuntamente por integrantes del grupo delincuencial ‘Los Costeños’. El documento incluía un número telefónico y una exigencia económica directa.

El mensaje llevaba una advertencia implícita: pagar o asumir consecuencias.

Según las versiones recogidas por las autoridades, los dueños del establecimiento se negaron a entregar el dinero exigido. La respuesta llegó en forma de bala.

“Estos hechos estarían relacionados con temas de extorsión, toda vez que los propietarios presuntamente se negaron a realizar el pago exigido”, indicó la Policía.

Matar para presionar

El crimen de Sebastián encaja en un patrón que se repite en varias ciudades del país: atacar a un trabajador para golpear al verdadero objetivo.

No hubo confrontación con los dueños.

La violencia ligada a la extorsión se mueve bajo esa lógica: el miedo como herramienta de cobro. Y en esa cadena, los más vulnerables terminan pagando.

Sebastián apenas empezaba. Tenía dos semanas en el trabajo, libros por comprar, una carrera por construir. Su historia quedó detenida en la acera de un negocio de comidas rápidas, donde la vida vale menos que una cuota de extorsión.

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Dolor e indignación

El asesinato ha generado conmoción en la comunidad. La muerte de un menor de edad, ajeno a las amenazas.


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