
Alcaldía llegó con ayudas a familias que la perdieron todo en la zona rural de la Troncal del Caribe
Las lluvias se llevaron casas, animales y cultivos en la Troncal del Caribe. A muchos les quedó solo la ropa que llevaban puesta. La Alcaldía llegó con cemento, colchonetas y comida.
En la zona rural de Santa Marta en la Troncal del Caribe el silencio tiene otro peso. No es el silencio de la noche, sino el de las casas vacías, de los patios sin gallinas, de los caminos partidos por el agua. Allí llegó la administración de Carlos Pinedo con ayudas humanitarias para familias que hoy empiezan de cero después del frente frío que desbarató todo a su paso.
Las lluvias no avisaron. En cuestión de horas el agua subió tumbó muros de bahareque, arrastró tejas y dejó incomunicados a sectores completos.

Cuando amaneció, la gente no contaba pérdidas: contaba lo poco que le quedaba.
La Alcaldía activó un frente institucional de emergencia. A través de la Alta Consejería para la Sierra Nevada, dirigida por Sarita Vives, se entregaron más de 400 bolsas de cemento, 500 sacos, 450 galones de combustible para maquinaria amarilla, 300 colchonetas, alimentos no perecederos, agua potable y utensilios de cocina. No es reconstrucción todavía; es un salvavidas para no seguir cayendo.
Las máquinas comenzaron a abrir paso entre el barro para llegar a veredas que habían quedado aisladas: Quebrada del Sol, La Aguacatera, Machete Pelao, La Esmeralda, La Revuelta, Mendihuaca, Orinoco, Honduras, Casa de Tabla, San Martín y Palo Quemao. En varios puntos el camino ya no existía.

“El alcalde fue claro: la institucionalidad tiene que estar donde está el dolor”, dijo Sarita Vives mientras coordinaba la entrega de ayudas en un albergue improvisado en Mendihuaca, donde 87 personas duermen sobre colchonetas nuevas, pero con la cabeza puesta en las camas que se llevó el agua.
El 3 de febrero el equipo distrital llegó igualmente al barrio San Fernando y repartió más de 200 sacos para reforzar viviendas que quedaron en pie de milagro. Dos días después, en Mendihuaca, se entregaron 100 colchonetas y pacas de agua, con apoyo de la Policía Metropolitana. Al mismo tiempo, la maquinaria comenzó a trabajar en la parte alta de las veredas para reabrir accesos y sacar a la gente del encierro.

Pero en el terreno la nostalgia pesa más que el cemento. Una mujer mostró el lugar donde estaba su cocina y ahora hay un hueco. Un campesino señaló el corral vacío donde tenía tres vacas.
La administración prometió no irse mientras dure la emergencia. Se articulan empresarios, líderes, comerciantes y organismos de socorro para sostener la respuesta. El discurso oficial habla de mitigación del riesgo y recuperación de movilidad; la gente habla de volver a tener una casa que no huela a barro.
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