Grupos criminales tienen contra las cuerdas a comerciantes en Baranoa con cobro de extorsiones


Comerciantes denuncian cobros semanales, intimidaciones constantes y un abandono institucional que los tiene al límite. Entre llamadas, mensajes y amenazas cruzadas de grupos delincuenciales, trabajar dejó de ser sustento y se convirtió en un riesgo diario.

En Baranoa, vender chicharrón se volvió un problema. No es una exageración, es la realidad que enfrentan decenas de comerciantes que cada día levantan sus negocios sabiendo que pueden ser los próximos en la lista de quienes cobran a punta de miedo. Aquí, trabajar dejó de ser una opción segura y pasó a ser una apuesta contra la muerte.

Cobros semanales y amenazas sin tregua

Las extorsiones llegaron para quedarse y lo hicieron con método. Los delincuentes no improvisan: escriben, llaman, insisten. Cada semana exigen dinero. Cada semana recuerdan que el incumplimiento tiene consecuencias.

Francis Movilla, conocido como Parapeto TV y propietario de una chicharronería en el sector 20 de Julio, habla con la voz de quienes ya no pueden más.

“Nos sentimos desamparados, estamos asustados, tememos por nuestras vidas, ya las amenazas son muy constantes”, dice.

El problema no es solo el cobro. Es el juego perverso que hay detrás. Un grupo exige dinero hoy. Mañana aparece otro. Pagarle a uno significa quedar marcado por el otro.

“Hoy escribe un grupo, mañana llega otro; si le das a uno eres objetivo militar del otro”, advierte.

El comerciante queda atrapado en una trampa sin salida: pagar es peligroso, no pagar también.

Trabajar con miedo: rutina bajo presión

La vida en las chicharronerías cambió por completo. Lo cotidiano se volvió sospechoso.

Un cliente desconocido deja de ser cliente.

Una llamada sin identificar deja de ser casual.

Cada jornada se vive con tensión. Preparar un pedido, atender una mesa o cerrar la caja implica estar alerta. La sensación es la misma en todos los negocios: alguien siempre está vigilando.

El miedo es permanente. Se instaló en la cocina, en la caja registradora y en la mente de quienes solo buscan trabajar.

Denuncias sin respuesta efectiva

Los comerciantes han acudido a las autoridades. Han hablado con el Gaula, han buscado a la Alcaldía de Baranoa, han expuesto lo que está pasando. Pero la percepción es clara: las acciones no han logrado frenar la escalada. El resultado es frustración. Y cansancio.

“Nos hemos reunido con las autoridades y hemos expresado nuestra inconformidad, porque si esta situación sigue así vamos a tener que tomar medidas a manera de huelga pacífica”, asegura Movilla.

La advertencia es el reflejo de una comunidad que siente que se quedó sola frente al delito.

Tradición bajo amenaza

En Baranoa, el chicharrón es más que comida. Es identidad, es sustento, es tradición. Hoy, ese símbolo está sitiado por el miedo.

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Cada negocio abierto es una resistencia silenciosa. Cada venta, un acto de valentía.En este municipio del Atlántico, la ecuación diaria es brutal: producir, vender y sobrevivir bajo la presión de quienes convirtieron el trabajo en un blanco.


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