Torturado y amarrado apareció “José Pistola”: el hombre que sembró terror terminó igual que sus víctimas


El cadáver fue hallado en la vía Chigorodó–Mutatá horas después de que circularan fotos donde se le veía sometido.

Lo amarraron, lo exhibieron y lo dejaron tirado en el asfalto como un mensaje. José Manuel Batista Moya, alias “José Pistola”, el hombre que durante años fue sinónimo de miedo en Urabá, apareció torturado hasta la muerte en la misma tierra donde impuso su ley a punta de bala. Nadie lo rescató, nadie lo reclamó a tiempo y nadie parece sorprendido de su final.

El hallazgo

En la madrugada del lunes 9 de febrero de 2026, conductores que transitaban por la vía Chigorodó–Mutatá se toparon con un cuerpo atado de manos y pies. Estaba tendido en plena carretera, con señales de violencia extrema. Minutos después llegaron unidades de Policía Judicial para levantar el cadáver e iniciar una investigación que, por ahora, no tiene responsables.

Horas antes, las redes sociales ya habían adelantado la tragedia. Una fotografía empezó a circular de teléfono en teléfono: en ella se veía a Batista Moya retenido, sometido, con el rostro desencajado. La imagen desató rumores, apuestas sobre su destino y un silencio cargado de morbo. La pregunta no era si iba a morir, sino cuándo aparecería el cuerpo.

Un nombre que pesaba

En Urabá, “José Pistola” no necesitaba presentación. Su alias se repetía en denuncias por hurtos, extorsiones y amenazas. Para muchos habitantes era la cara visible del miedo cotidiano: el hombre del que había que esconder la moto, cerrar la tienda y agachar la mirada.

En 2023 su captura generó un respiro. Fue detenido en Cartagena por un caso que lo marcó: un intento de robo en la vereda La Popala, Apartadó, donde junto a otros sujetos disparó contra un hombre de 44 años que se resistió a entregar su motocicleta. La víctima quedó con una herida grave en el abdomen y sobrevivió de milagro. La Fiscalía lo procesó por tentativa de homicidio agravado, hurto calificado y porte ilegal de armas.

Pero la cárcel no duró. Meses después recuperó la libertad y el temor regresó con él. Para la comunidad, su salida fue la prueba de que siempre encontraba la forma de evadir la justicia.

La foto que lo sentenció

Quienes vieron la imagen de su cautiverio entendieron que no habría regreso. Estaba amarrado como tantas veces —dicen algunos— fueron amarradas sus víctimas. Nadie supo quién lo tenía, ni bajo qué cuentas pendientes. Solo se supo que la sentencia ya estaba escrita.

Cuando el cuerpo apareció en la carretera, la escena confirmó lo que todos temían. No hubo rescate, no hubo negociación, no hubo proceso. Hubo venganza.

La ironía del final

Su muerte se cuenta hoy como una paradoja brutal: el hombre que impuso el terror terminó atrapado por el mismo método que hizo famoso su nombre. El que disparó para robar, murió como si fuera un trofeo de guerra. El que sembró silencio, fue exhibido sin piedad.

Las autoridades guardan cautela. No hay versiones oficiales ni señalamiento de responsables. Solo un expediente abierto y un cadáver que resume años de violencia no resuelta.

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En los barrios de Chigorodó y Mutatá la noticia se comenta sin sorpresa. Algunos dicen que era cuestión de tiempo; otros temen que su muerte desate nuevas venganzas. El caso vuelve a poner sobre la mesa la pregunta incómoda: ¿es esto justicia o es otro capítulo del mismo infierno?


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