Su corazón trasplantado no resistió la campaña: murió el candidato al Senado Aníbal Llanos en pleno acto político en Plato


El candidato al Senado Aníbal Llanos, trasplantado de corazón y símbolo de resiliencia para su movimiento, murió de forma repentina durante un acto político en el municipio Plato. Desoyó, por convicción y pasión, las recomendaciones médicas de evitar el estrés. Su corazón nuevo, el mismo que él decía “devuelto por Dios para servir”, no resistió una jornada extenuante de campaña.

El lunes todavía hablaba de milagros. Frente a un grupo de pastores y líderes religiosos, Aníbal Llanos levantó la voz con gratitud y contó que seguía vivo por una segunda oportunidad. Había atravesado un trasplante de corazón, una cirugía de alto riesgo que lo obligó a volver a aprender a respirar sin prisa. 

Los médicos, sus colegas fueron claros: vida tranquila, cero excesos, nada de jornadas largas. Él escuchó, pero no obedeció del todo.

Quería ser senador. Repetía que la política era otra forma de medicina y que desde el Congreso podía salvar más vidas que en un consultorio. Esa idea lo empujó a recorrer pueblos bajo un sol inclemente, a dormir poco y a hablar mucho, a abrazar a todo el que se le atravesara. El cuerpo le pedía pausa; la campaña le exigía velocidad.

En Plato, en medio de un acto proselitista, el cansancio se le notaba en la cara, pero también la alegría. Saludó, se tomó fotos, estrechó manos. Nadie imaginó que esos serían los últimos gestos. De un momento a otro se desplomó. La comitiva reaccionó como pudo: agua, aire, una carrera desesperada hasta el centro asistencial. Nada alcanzó. El corazón que había vencido a la muerte volvió a fallar.

La escena dejó mudos a quienes minutos antes lo celebraban. Pasaron del aplauso al llanto. En las filas de Fuerza Ciudadana la noticia cayó como una noticia difícil de digerir: se les murió un candidato, pero sobre todo un compañero de luchas.

“Dios me dio una segunda oportunidad. Me devolvió la vida y el corazón para ponerlo al servicio de la gente”, había dicho en su última intervención pública. Esa frase empezó a circular como un presagio. Médico de profesión, servidor público por terquedad, Llanos convirtió su enfermedad en bandera política. Contaba que el trasplante lo hizo “volver a nacer” y que no pensaba desperdiciar ese regalo.

Los que lo conocían sabían que vivía al límite entre la fe y la imprudencia. El nuevo corazón le permitió regresar, pero también le impuso reglas que la campaña no respeta. 

Aníbal Llanos se fue haciendo lo que eligió hacer, aun contra los dictámenes médicos. El corazón que le dieron para seguir vivo terminó agotado por la misma pasión que lo mantenía en pie. La política lo empujó; la misma medicina que practicó tantos años lo detuvo. Y entre esas dos fuerzas se cerró, de golpe, la segunda oportunidad que tanto agradecía.


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