
Sicariato en Santa Marta: ocho muertos dejó enero y ninguna captura
Aunque los homicidios por encargo disminuyeron un 50 % frente a enero de 2025, los crímenes ocurrieron a diferentes horas del día, en zonas residenciales y turísticas. Ocho nombres —siete hombres y una mujer— componen el mapa de una violencia que sigue siendo una amenaza en la ciudad.
Enero cerró con ocho muertos a bala en Santa Marta. Son la mitad de los registrados hace un año, pero el alivio estadístico no reduce la preocupación. El sicariato siguió dictando su propia agenda: matar en público, irse sin dejar rastro y convertir cada calle en un posible escenario de despedida. No hubo ningún capturado por los hechos de violencia registrados.
El primer disparo del año sonó en el barrio Tayrona. Era la noche del 5 de enero cuando los vecinos escucharon la ráfaga seca que anunció la muerte de Jaderson Torres. Los pistoleros llegaron sin prisa, lo ubicaron y le vaciaron el arma en la vía pública. Las puertas se cerraron de golpe, los niños fueron arrastrados hacia adentro y el barrio quedó respirando miedo.
Tres días después, el 8 de enero, el sicariato cambió de escenario. En el Luis R. Calvo cayó Luis Cabrera, conocido como ‘Teresita’. Los testigos contaron lo de siempre: dos hombres, una moto, ningún cruce de palabras. El cuerpo quedó tendido mientras el ruido del motor se perdía entre las calles. Santa Marta sumaba su segunda muerte y comenzaba a entender que el año no traería tregua.
Luego vino una pausa de once días. Una calma engañosa, de esas que se confunden con esperanza. Hasta que el 16 de enero, en Playaca, Taganga, apareció el cadáver de Jesús Antonio Arboleda Castañeda. Tenía signos de tortura y varios impactos de bala. Lo hallaron deportistas y turistas en una zona que suele oler a mar y no a pólvora. El mensaje fue claro: ni los paisajes sagrados se salvan.

El 21 de enero la violencia tuvo rostro de mujer. En Nueva Galicia asesinaron a Daylin Reyes Hernández, extranjera, interceptada por sicarios que no le dieron tiempo ni de correr. Su muerte rompió otra frontera: el sicariato también apunta a ellas.

El 24 de enero la sangre volvió a Don Jaca. Jeison Daniel Salas Narváez se bajó de una camioneta y encontró a sus verdugos esperándolo. No hubo discusión, solo disparos. El barrio repitió el ritual: curiosos, sirenas, un cuerpo cubierto con sábana blanca.
Cuando la ciudad creía que el mes terminaría con cifras discretas, el último fin de semana dinamitó cualquier optimismo. El 30 de enero, en El Cisne, mataron a Andrés Bolaños. Y al día siguiente, en Gaira, la noche se partió en dos con un doble homicidio: Diego Ochoa y Verónica, una pareja atacada en plena vía pública. Con ellos se completaron los ocho nombres de enero.

La Policía Metropolitana ha dicho que varias víctimas tenían anotaciones judiciales, pero eso no explica el pánico que queda después de cada tiro. Tampoco hay claridad sobre móviles o conexiones. Lo único cierto es la mecánica repetida: motos sin placas, hombres sin rostro, balas sin dueño.
Enero terminó con una reducción del 50 % frente a 2025. En los informes suena a victoria; en los barrios suena a consuelo pobre. Ocho familias velaron a los suyos, ocho esquinas quedaron marcadas por la violencia.
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