Sicarios acabaron una familia en Gaira: mataron a una pareja de esposos en un estadero y dejaron a dos niños solos 


El ataque ocurrió en el sector Villa Betel y fue perpetrado por un parrillero que disparó repetidas veces contra las víctimas y huyó. El hombre murió en el lugar y la mujer, gravemente herida, falleció poco después en el puesto de salud de Gaira. 

Salieron a compartir y terminaron ejecutados. Un sicario bajó de una motocicleta y a punta de balas asesinó a una pareja de esposos en el estadero de razón social la Y de Gaira, en Santa Marta. Él murió sentado en la silla; ella agonizó viendo a su esposo muerto y falleció minutos después en un centro asistencial. Dos niños quedaron huérfanos.

Las víctimas fueron identificadas como Diego Ochoa Osorio y su esposa Verónica. No hay capturas.

Se trató de una ejecución pública. Diego Ochoa Osorio y su esposa Verónica estaban sentados en un estadero, compartiendo como cualquier pareja, cuando una motocicleta se detuvo frente al lugar y la muerte se bajó de ella.

El parrillero descendió, sacó el arma y disparó sin pausa. Testigos aseguran que fueron tantos los tiros que no hubo tiempo de correr, gritar o esconderse. Diego recibió varios impactos y murió en el acto, desplomado sobre la silla, con la mesa y el piso cubiertos de sangre.

Verónica intentó protegerlo. Ese intento le costó la vida. Dos disparos la dejaron gravemente herida, pero no inconsciente. Alcanzó a ver a su esposo muerto frente a ella. Alcanzó a entender que su familia estaba siendo destruida en segundos.

Fue auxiliada por personas del sector y trasladada de urgencia al puesto de salud de Gaira. Llegó agonizando, luchando por respirar, intentando hablar. Según testigos, repetía gestos de desesperación mientras se aferraba a la vida. No quería morir. No quería dejar solos a sus dos hijos.

Minutos después, su cuerpo no resistió más. Los médicos confirmaron su fallecimiento poco después del ingreso. La violencia no solo mató a dos adultos: dejó a dos niños sin padre y sin madre en la misma noche.

El sicario escapó. No hubo persecución inmediata ni capturas. El estadero quedó vacío, el barrio paralizado por el miedo y una familia borrada del mapa.

En Santa Marta, salir a compartir ya no es garantía de volver a casa. Esta vez, la violencia no dejó sobrevivientes. Solo huérfanos, sangre y una ciudad que sigue sumando tragedias sin respuestas.


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