Lo subieron a una camioneta, lo bajaron y lo mataron a tiros: la traición que terminó con la vida de otro joven


Jeison Narváez salió de su casa diciendo que estaría un rato con unos amigos. Nunca volvió. Fue engañado, subido a una camioneta, llevado hasta Don Jaca, al sur de Santa Marta, obligado a bajarse y ejecutado a tiros. Su cuerpo quedó tirado a un costado de la Troncal del Caribe. Dos disparos en la cabeza. Así terminó su noche.

Jeison Narváez salió vivo de su casa. Horas después, estaba muerto en una carretera, tirado como un estorbo, con balas en la cabeza y sin nadie que respondiera por él.

En su casa dijo que iba a verse con unos amigos. Que volvía en un rato. No hubo pelea, no hubo discusión, no hubo despedida. Solo confianza. Esa confianza fue lo último que tuvo.

Lo subieron a una camioneta. No a la fuerza. No a golpes. Lo convencieron. Lo llevaron. Y cuando ya no había luces, ni testigos, ni salida, lo bajaron del vehículo y lo mataron. Sin discusión. Sin oportunidad. Sin piedad.

El crimen ocurrió la noche de este sábado en el sector de Don Jaca, al sur de Santa Marta. Según los primeros informes, Jeison recibió al menos dos disparos en la cabeza. No fue un mensaje. No fue un susto. Fue una ejecución.

Su cuerpo quedó a un costado de la Troncal del Caribe, vestido con suéter y bermuda blanca. Allí lo dejaron, como si su vida no pesara nada, como si su nombre no importara, como si nadie lo fuera a reclamar.

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Horas después, su familia recibió la llamada que nadie espera. No para avisar que había llegado tarde. No para decir que estaba bien. Para decirles que estaba muerto.

La escena es la misma de siempre: llanto, incredulidad, preguntas sin respuesta. ¿Quién lo llamó? ¿Quién lo convenció? ¿Quién iba en esa camioneta? ¿Quién apretó el gatillo?

Entre conocidos y amigos, Jeison era ‘Jei’, un joven apasionado por las motos, por la velocidad, por vivir. Hoy, esa vida terminó en segundos, en un lugar oscuro, con disparos a quemarropa.

Y como casi siempre, después del crimen llega el juicio silencioso: “algo estaría haciendo”, “en algo andaba”. La bala mata dos veces: primero al cuerpo, después a la memoria. Su familia escucha esos murmullos mientras recoge los pedazos que dejó la violencia.

Ellos no hablan de cuentas pendientes ni de amenazas. Hablan de un hijo, de un amigo, de alguien que salió confiado y no regresó. Hablan de una traición que lo entregó a la muerte.

Testigos dicen no haber reconocido al joven. Nadie vio a los asesinos. Nadie sabe quiénes iban en el vehículo. La carretera se tragó los disparos y el miedo se quedó flotando en el aire.

Jeison Narváez no murió en un enfrentamiento. No murió huyendo. No murió resistiéndose. Lo bajaron de un carro y lo mataron.

Así de simple. Así de cruel.

Mientras las autoridades anuncian investigaciones, Santa Marta suma otro nombre a su lista de ejecuciones nocturnas. Otro joven que salió de casa creyendo que regresaba. Otro cuerpo abandonado en la vía. Otro silencio que lo cubre todo.


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