
Luisa Fernanda no reacciona: la menor de 14 años baleada en su vivienda entre la vida y la muerte
La adolescente no lucha: resiste. Un disparo accidental en la cabeza, ocurrido dentro de su vivienda en Gaira, la mantiene conectada a soporte vital. Los médicos no dan señales de esperanza. Su familia ora. La ciudad acompaña. Las autoridades investigan el origen del arma y las circunstancias del hecho.
No hay gritos. No hay llanto. Solo el sonido constante de una máquina que insiste en mantenerla aquí. Luisa Fernanda Ríos, una niña de 14 años, yace inmóvil, con la cabeza vendada y el cuerpo entregado a cables que hacen por ella lo que ya no puede hacer sola. La bala no solo atravesó una parte sensible de su cráneo: atravesó la tranquilidad de una familia y dejó a todos del lado más cruel de la incertidumbre.
El pronóstico médico es devastador. No hay respuestas alentadoras. No hay señales claras de vida consciente. Los doctores han sido prudentes, casi silenciosos, pero el mensaje se entiende sin palabras: las posibilidades son mínimas. Luisa Fernanda permanece conectada a un aparato que la mantiene con vida, mientras el tiempo se convierte en un enemigo lento y despiadado.
El disparo ocurrió dentro de su propia casa. Un espacio que debía ser seguro y terminó convertido en escena de tragedia. De manera preliminar, se habla de un hecho accidental y de la posible participación de su novio. Nada está confirmado. Por ahora, las autoridades intentan reconstruir los minutos previos, determinar quién era el dueño del arma y cómo un objeto letal terminó al alcance de una adolescente.
En la clínica, su madre no se mueve. Mira el rostro de su hija buscando una señal mínima: un parpadeo, un gesto, algo que contradiga a la ciencia. Su padre aprieta un rosario con la fuerza de quien no tiene nada más a qué aferrarse. “Solo Dios tiene la última palabra”, repiten, como si esa frase pudiera sostener el mundo que se les vino abajo.
Fuera de ese cuarto, Santa Marta se detuvo un momento. En Gaira, vecinos y amigos encendieron velas. En otros barrios, desconocidos se unieron a cadenas de oración que no duermen. No conocen a Luisa Fernanda, pero la sienten propia. Porque podría haber sido cualquier hija. Cualquier niña. Cualquier casa.
La familia agradece el acompañamiento y pide respeto. No quieren ruido, ni versiones, ni señalamientos. Solo silencio y fe. Mientras tanto, la investigación avanza y el reloj sigue corriendo, implacable, marcando segundos que pesan como años.
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Luisa Fernanda sigue ahí. No despierta. No habla. No se mueve. Está suspendida en ese lugar donde la medicina se queda corta y la esperanza se vuelve un acto desesperado. Entre máquinas que insisten y oraciones que no se rinden, su historia continúa escribiéndose con tinta de dolor. Y nadie sabe cómo —ni cuándo— terminará.
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