
Las coincidencias de dos profesores extranjeros que llegaron a enseñar en Santa Marta y terminaron en la calle
Con títulos universitarios y la promesa de trabajar en la academia viajaron a la capital del Magdalena. Uno hoy deambula desorientado por El Rodadero; el otro pasó años como indigente antes de lograr resurgir.
Ninguno llegó pidiendo limosna. Llegaron con hojas de vida impecables, experiencia y la idea de empezar de nuevo. Santa Marta era el destino: mar, clima agradable y universidades. Para David Brian Reynold, científico estadounidense; y para Francisco José De la Hoz Rodríguez, profesor español con doctorados, el plan era claro: enseñar y crecer profesionalmente. El final fue muy distinto.

El científico que se quedó sin nada y sufre por las drogas
David Brian Reynold había trabajado en Estados Unidos en investigación y docencia en ciencias naturales y biomédicas. Soltero y con ganas de cambio, aceptó una invitación para venir a Colombia. Le prometieron una oportunidad en una universidad. Empacó, viajó y esperó. La puerta nunca se abrió.
Las gestiones se dilataron, los contactos no respondieron y el tiempo pasó sin contrato ni ingresos estables. En esa espera comenzó el deterioro.
En Santa Marta conoció a Julieth Cantillo, quien lo acogió durante los primeros meses.
“Al principio todo iba bien, pero después empezó a gastar su dinero en drogas y alcohol”, relata la mujer.
Según su testimonio, el consumo —principalmente de cocaína— cambió su comportamiento y agravó problemas de salud mental. “Se volvió grosero y en momentos violento. Por eso decidí alejarme”, cuenta Cantillo.

La mujer asegura que David padece bipolaridad y otros trastornos. Intentó ayudarlo a regresar a su país, incluso con un intento fallido en el aeropuerto de Barranquilla. En junio, el padre de David viajó desde Estados Unidos para llevárselo. No lo logró. El académico se negó a regresar y terminó en la calle.
Hoy, David duerme en espacios públicos y deambula por El Rodadero. Está desorientado, ha perdido la lucidez y su aspecto es irreconocible. Comerciantes y vecinos coinciden en que no es agresivo. Le dan comida y conversan con él.
“Es buena persona. Cuando está drogado se pierde, pero no se mete con nadie. Aún se puede rescatar”, dice Ángela Rivas, comerciante del sector.
La familia y su expareja aseguran haber acudido a Migración Colombia, la Policía Nacional y otras autoridades. “Nos cansamos de tocar puertas y todas se cerraron”, resume Julieth.
El profesor español que también cayó
La ciudad ya había vivido una historia similar. En 2018 llegó desde España Francisco José De la Hoz Rodríguez, académico con doctorados, contratado para dictar clases en la Universidad del Magdalena. Dos años después, su vida se quebró.
En 2020 sufrió un brote psicótico, perdió su empleo y terminó en situación de calle. Durante meses fue visto durmiendo en espacios públicos, dependiendo de ayudas ocasionales y sin una respuesta clara de las instituciones. En su caso no hubo consumo de drogas, pero sí problemas de salud mental, visado y contratación que nunca se resolvieron a tiempo.
En 2025 reapareció públicamente para denunciar señalamientos injustos y la falta de apoyo institucional. Con el acompañamiento de amigos y decisiones judiciales, logró estabilizarse. Salió de la calle, demostró que las acusaciones en su contra eran infundadas y obtuvo retractaciones públicas. Hoy realiza trabajos académicos, apoya a estudiantes y ayuda a vecinos de su entorno. “Mi mayor satisfacción fue limpiar mi nombre. Eso fue el impulso para resurgir”, ha dicho Francisco de la Hoz, quien no se plantea la idea de volver a España.

Dos historias, una misma falla
Los casos de David y Francisco no son idénticos, pero comparten un patrón: profesionales extranjeros que llegan con proyectos académicos claros y quedan atrapados cuando esos planes se frustran. Sin contratos, sin red de apoyo y con problemas de salud mental, el sistema no respondió a tiempo.
En ambos relatos se repiten los vacíos: promesas laborales incumplidas, ausencia de acompañamiento institucional, trámites migratorios que se convierten en un muro y atención en salud mental que llega tarde o no llega.
La diferencia está en el desenlace. Francisco tuvo una red que insistió hasta sacarlo de la calle. David, por ahora, no. Sigue perdiéndose a la vista de todos.
Santa Marta fue para ambos una promesa académica. Para los dos, también fue el lugar donde dejaron de ser profesores y empezaron a dormir en el suelo. La ciudad los vio caer. La ayuda, en uno de los casos, aún no llega.
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